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| Y las zapatillas parecen agarrarse a los pies. Foto: BAER |
Porque, siendo honestos, la atención que se les presta a los corredores dista mucho de ser lo puntual como para recordar a los atletas ganadores de cada edición de Juegos Olímpicos, cuando mucho serán recordados en los dos eventos siguientes a su triunfo, como un dato anecdótico de un periodista deportivo que quiere pasar como conocedor, pero sólo eso. Mi pretensión en este momento no es llenarlos de datos sobre tiempos o nacionalidades de los ganadores desde 1896, sino de imaginar juntos lo que puede sentir un ser humano (o pueda pensar) durante más de dos horas recorriendo cuarenta y dos kilómetros y ciento noventa y cinco metros.
Pongámonos en la línea de meta como espectadores o en la de salida como corredores, en ambos casos compartiríamos la misma pregunta: “¿llegaré, llegarán?” Pues ni el tiempo invertido ni la confianza adquirida con el entrenamiento, garantizan el cumplimiento del recorrido. Por suerte nos toca a un lado del keniata Eliud Kepchoge o de Jemima Sumgong de allá mismo, que están ansiosos por repetir la hazaña de Río, lo que significaría que nuestros tiempos son dignos de aparecer junto a esos monstruos de las largas distancias y que, al menos en los primeros kilómetros, podemos mantenerles el ritmo.
Sorprendentemente no sentimos molestias y nuestra respiración está controlada pero nos vemos obligados desde el kilómetro quince, a ver permanentemente las espaldas de un montón de corredores que, como nosotros, no quieren dejar que se adelanten los africanos. A partir de ese momento, músculos que ignorábamos tener empiezan a manifestarse, las zapatillas se agarran a nuestros pies amenazando no volver a salir de ellos, las morenas figuras de ambos campeones olímpicos van alejándose a cada paso; respirar se hace más difícil y los pulmones parecen reventar y... ¿qué necesidad tenemos de andar en esos trotes? Tan a gusto que se ven las competencias en televisión. Salud.
Beto
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