jueves, 22 de julio de 2021

La maratón

Y las zapatillas parecen agarrarse a los pies.
Foto: BAER

La meta no alcanza a verse desde la línea de arranque, pero cada uno de los corredores la tiene tatuada en su cabeza, saben que la tensión de sus músculos no puede ser tanta como en una carrera de velocidad, en cambio, la presión en sus mentes aumentará al grado de preguntarse para qué se metieron en tantos problemas por un pedazo de metal; al menos Filípides tenía una encomienda muy honorable, de vida o muerte, como suelen ser las noticias sobre la guerra, pero, ¿de verdad valen tanto la pena los sacrificios para ganar unos minutos de fama y gloria de parte de un puñado de personas igualmente aficionados a las privaciones y al dolor que produce el correr más de dos horas?

Porque, siendo honestos, la atención que se les presta a los corredores dista mucho de ser lo puntual como para recordar a los atletas ganadores de cada edición de Juegos Olímpicos, cuando mucho serán recordados en los dos eventos siguientes a su triunfo, como un dato anecdótico de un periodista deportivo que quiere pasar como conocedor, pero sólo eso. Mi pretensión en este momento no es llenarlos de datos sobre tiempos o nacionalidades de los ganadores desde 1896, sino de imaginar juntos lo que puede sentir un ser humano (o pueda pensar) durante más de dos horas recorriendo cuarenta y dos kilómetros y ciento noventa y cinco metros.

Pongámonos en la línea de meta como espectadores o en la de salida como corredores, en ambos casos compartiríamos la misma pregunta: “¿llegaré, llegarán?” Pues ni el tiempo invertido ni la confianza adquirida con el entrenamiento, garantizan el cumplimiento del recorrido. Por suerte nos toca a un lado del keniata Eliud Kepchoge o de Jemima Sumgong de allá mismo, que están ansiosos por repetir la hazaña de Río, lo que significaría que nuestros tiempos son dignos de aparecer junto a esos monstruos de las largas distancias y que, al menos en los primeros kilómetros, podemos mantenerles el ritmo.

Sorprendentemente no sentimos molestias y nuestra respiración está controlada pero nos vemos obligados desde el kilómetro quince, a ver permanentemente las espaldas de un montón de corredores que, como nosotros, no quieren dejar que se adelanten los africanos. A partir de ese momento, músculos que ignorábamos tener empiezan a manifestarse, las zapatillas se agarran a nuestros pies amenazando no volver a salir de ellos, las morenas figuras de ambos campeones olímpicos van alejándose a cada paso; respirar se hace más difícil y los pulmones parecen reventar y... ¿qué necesidad tenemos de andar en esos trotes? Tan a gusto que se ven las competencias en televisión. Salud.

Beto

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