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| Llegar a otras tierras nos muestra lo que somos. Foto: BAER vía Meta A |
1. Los trotamundos. No sólo los agentes viajeros deben tener permanentemente una maleta hecha, un jugador profesional de voleibol también; los elementos producidos en el país sabrán de lo que hablo pues, hasta el día de hoy en vísperas de la inauguración de la rama varonil de la Liga Profesional de México, la opción más viable para vivir bien de este deporte, es ir al extranjero, porque los torneos locales no han ofrecido demasiadas garantías. Si bien esta oportunidad da nuevas esperanzas, el reto está en sostener el proyecto para poder confiar en que ahora sí, veamos un desarrollo real en el ámbito doméstico como en las selecciones nacionales en todas sus categorías, pues nada hay más prometedor que el tener una perspectiva de crecimiento profesional para la juventud.
2. Simbióticos naturales. Es posible que todos los voleibolistas sean así, sin embargo, los mexicanos tenemos en el ADN la facultad de mimetizarnos con el entorno si eso nos significa el estar a gusto dentro de él; en un equipo deportivo, los estados de ánimo tienen ciclos muy rápidos y pequeños, por lo que la rapidez de pensamiento es primordial para que tal adaptación se lleve a cabo de la mejor manera y esto me lleva a un pequeño razonamiento, ¿se han dado cuenta que a ningún voleibolista se le ha detectado el famoso «síndrome del Jamaicón Villegas»? Es posible que la razón sea, si comparamos a futbolistas con voleibolistas, la diferencia es la escolaridad y, por tanto, la manera en que utilizan su inteligencia para adaptarse y resolver cada uno sus problemas.
3. Imanes de cultura. Un jugador profesional en el extranjero funciona como un embajador de baja escala que logra influir en los círculos en los que se desenvuelve, con lo que porta de su propio país y lo que aprende del que le ofreció trabajo; la imagen que va forjándose sirve de referencia para crearnos una idea de lo que pueden ser esos lugares en los que ha estado. De los ejemplos más famosos, contamos con futbolistas que si bien, no muestran cambios radicales en sus costumbres, sí podemos notar algunos cambios en su manera de hablar por ejemplo, lo cual no es un pecado, sino la muestra clara de su capacidad de mimetizarse con su entorno o, por el contrario, tener los arrestos suficientes como para mantener su acento como lo hace Samantha Bricio.
4. Mucho que aprender. Desde el punto de vista laboral, ya que el voleibol es su trabajo, podemos afirmar que un jugador profesional se adapta a las condiciones que se le presenten, ya no como una habilidad nada más, sino como una obligación como parte del paquete que debe ofrecer a quien paga por sus servicios. Para quienes vemos al deporte profesional desde la periferia, seguir la trayectoria de un jugador nos da elementos para hacer que nuestras referencias de vida tengan un rostro. Las comparativas suelen mostrarnos los espacios faltantes en lo que debemos trabajar para ser mejores personas y los sobrantes, que nos impiden olvidar de dónde venimos, así los jugadores serán excelentes catalizadores de lo que deseamos, lo que podemos lograr y las herramientas con las que contamos para ello. Salud.
Beto

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