lunes, 29 de noviembre de 2010

Canas al aire

A edad avanzada, nuestro cuerpo empieza a decirnos todo lo que se había callado durante mucho tiempo. Las "fallas" no salen sólo porque se le antojó. No es que ya no sirvamos, se trata de que salen a flote todos los excesos a los que sometimos a todos nuestros órganos. Todo el derroche de energía, elasticidad, fuerza, velocidad y resistencia pasa factura cuando decidimos que ya no estamos en edad para algunas cosas.
Se deteriora el físico, pero eso se puede arreglar de varias maneras; el deterioro mental es el de cuidado. No hay medicina capaz de revertir la raigambre de pensamientos que nos formamos cuando creemos que estamos viejos en el sentido peyorativo del vocablo. Inclusive, la frecuencia entre achaques va en aumento si decidimos que nuestra vida activa acabó.
Asegurarán muchos que ya no es lo mismo, que las extremidades pierden el toque y que los músculos ven disminuido su tono, pero ¿quién dijo que debemos mantenernos siempre jóvenes? El primer síntoma de deterioro es no aceptar nuestra edad, ver fealdad en la arrugas o suponer que la vida termina cuando no podemos brincotear al ritmo vertiginoso de una melodía.
Adecuarse a vivir en este mundo (a veces miserable) tiene que ver con la manera en que lo percibimos y nos aceptamos. Lo que se pierde en fuerza, se gana en finura; la velocidad perdida nos permite apreciar el camino; la poca resistencia nos permite ser más pacientes. De la forma en que lo planteemos, hay más ventajas que desventajas en el hecho de envejecer. Sólo hay que convencerse de ello.
Roberto Barroso Espinal

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