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| El paraíso debe ser una cancha de voleibol. Foto: Baer |
La cancha debería extrañarme tanto como yo a ella; si pienso en hacer ejercicio, la mente me lleva directamente a un rectángulo de nueve por dieciocho. El balón se pasea como señora de sociedad entre los dos terrenos divididos por la red, cuidado al extremo para que no vaya a ser mancillado por el polvo diseminado por los contrincantes.
No importa la variante ni el número de jugadores, la intensidad del juego es la misma cuando se tiene consciencia de grupo y sentido de la competitividad; el roce con la piel sintética (mucho más amable que el cuero con el que eran confeccionados anteriormente) revela el entusiasmo por mostrar que se ha dominado el tiempo de cada pase.
Las jugadas se siguen como en un escenario donde la danza impone ritmos acompasados algunas veces y violentos en otras; el contacto indirecto entre compañeros, va creando vínculos que no se tienen en ningún otro deporte de conjunto. La complicidad se va hilando con paciencia y determinación, sin escatimar en el desgaste físico.
En una mesa de voleibol, conocí a mis mejores camaradas, aprendí de disciplina, jugué por diversión y me entregué para representar a mis escuelas. Por todo eso, la cancha debería extrañarme como yo a ella, porque allí dejé mucho de mi sudor, mucho de mi entusiasmo y algo de las habilidades con las que crecí, deportivamente hablando. Salud.
Beto

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