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| La diferencia entre salud y enfermedad se encuentra en la voluntad. Foto: BAER |
Lo más importante en casos como el mío -para no vivir de glorias pasadas- es el trabajo mental para encontrarle nuevamente lo divertido al asunto; encontrar compañeritos de juego es cada día más difícil por cuestiones de acondicionamiento físico, coincidencia en gustos e intereses y la disponibilidad de horarios, por lo que la imaginación es el arma principal para crear una rutina acorde a las facultades atesoradas. Por otro lado, el temor a las lesiones, éste sí muy nuevo, se ha revelado como signo de madurez y como la pérdida de confianza en mis habilidades, una dualidad que no creí enfrentar en ningún momento. Quizá sea el precio que deba pagar por la intermitencia en las prácticas deportivas.
Otro aspecto emergente es la paciencia, un rasgo al que no le vi utilidad conscientemente pues, por lo general, no batallé cuando me propuse realizar las actividades en las que anteriormente me insertaba, no porque fuera tan bueno como para ser profesional, sino que el interés me alcanzaba pare defenderme y divertirme lo suficiente. En su caso ¿qué les sucede cuando han intentado iniciar o reiniciar una rutina deportiva? ¿Se revelan sus demonios y, si es así, cómo los combaten? Sé que los pretextos surgen casi de la nada y que nos convencen de que aún tenemos la facultad de reponer los días en los que omitimos el ejercicio, hasta que una viejecita nos rebasa por la derecha, caminando a buen paso, mientras hacemos como que corremos.
Esta última etapa (la más reciente), ha reafirmado mi convencimiento de que cualquier acción o tarea se disfruta más en compañía que puede ser virtual, pero si es presencial, mucho mejor. No creo que el ejercicio, por sí mismo, traiga todos los beneficios que los muchos instructores afirman, la actitud más la disposición a disfrutarlo son más importantes; lo anterior podríamos comprobarlo fácilmente, nada más preguntándonos ¿cómo es que algunos, por más ejercicio que hacen, no logran tener una imagen saludable? Tal vez todos lleguemos a la conclusión de que los hábitos alimenticios se los impide, pero no es lo que comemos, sino el para qué lo ingerimos. Las carencias se manifiestan primero en el estómago. Salud
Beto

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