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| Sólo la repetición hace que se entienda la finalidad del fildeo. Foto: BAER |
Si recordamos la primera vez que un golpe de antebrazo de nuestra parte cumplió con las expectativas del entrenamiento, posiblemente la satisfacción obtenida regresará a nuestra memoria repasando cada movimiento, cada desplazamiento y el vuelo del balón llegando a su destino; placer efímero porque debimos repetirlo muchas veces después para probar que seguiría saliéndonos, pero placer al fin. El fildeo es la comunión total con el balón a la defensiva, es la promesa de control para realizar el propio ataque, la muestra de poder más firme que un equipo puede tener pues el fildeo es una base, el voleo un camino y el remate el destino, una trayecto ascendente que mantiene el interés y la tensión en la misma intensidad dentro y fuera de la cancha.
Desde la recepción simple flexionando las rodillas, hasta las faciales, las rodadas y los giros, el fildeo tiene una estética propia que provee de otra visión del juego a una misma persona, puesto que aunque existan las especialidades, todos los jugadores se remiten en su figura a dos términos, defensa y ataque por igual, bueno, excepto el líbero. La responsabilidad de ambos momentos se comparte por igual y se pasa de uno al otro en menos de tres segundos, mismos que se vuelven una eternidad en el último punto y vemos que el largo de los brazos del zaguero contrario está a punto de atajar el balón que significaría nuestro triunfo y que si lo mantiene en juego, nosotros debemos estar preparados para hacer lo mismo, en una serie de fotogramas que avanzan en cámara lenta.
Contrario al beisbol, al handbol, al fútbol y a otros similares, el objetivo es que el cuerpo obstruya el trayecto del balón, pero no para atraparlo como en el americano, sino para mantener vivo su vuelo como si fuera un pecado que tocara el suelo o como si la vida se acabara si eso sucediera. En los demás deportes se tiene una meta, una casa donde llegar llamada portería o valla; en el voleibol la esférica es libre y su trayecto debe ser limpio, ser tocado con sumo cuidado únicamente por las manos, sólo en ocasiones excepcionales por otras partes del cuerpo; tan delicado es su viaje, que no soporta más superficie extraña que la red, cualquier otra da por terminado el punto y, en consecuencia, inicia una nueva oportunidad de vuelo. Salud.
Beto

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