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| Hasta con un mal golpe al “gallito” también se puede anotar, con un doble golpe, no. Foto: BAER |
Desde la forma de pararse -¡ah! porque existe una postura básica para empezar a jugar- pareciera que hay que manejar cinta métrica y teodolito porque no se trata de estar erguido pero tampoco, muy flexionado; los codos y los hombros haciendo dos perfectas líneas paralelas que envuelvan a las trazadas por las rodilla y los tobillo, la zona de los glúteos ligeramente sobre la altura de las rodillas y la espalda inclinada lo suficiente para permitir una cómoda visión de la cancha, pero no debe estar encorvada sino perfectamente recta, la razón es simple, es más fácil levantarse a atajar un balón que agacharse por él, tomando en cuenta que el viaje natural de éste es en picada, ya sea lento o a cien kilómetros por hora.
Hay un sentido de estética coreográfica en cada movimiento ya sea individual o en grupo; se produce la memoria muscular pero también la espacial, en un continuo baile que no permite el paso a lo mal hecho. Saltar y levantar los brazos para bloquear, flexionarse para fildear o la secuencia del remate están ideados para lucir, para hacer atractivo cada punto y desear repetir hasta el cansancio, pero con la conciencia de que el proceso continuará con cada partido disputado. Las caras cambiarán, pero las rutinas no, al menos no en esencia; convertirse en voleibolista requiere de una paciencia especial que va forjándose con los años, que mantiene la belleza de los movimientos aunque ya no a la misma velocidad y sólo desaparece con la voluntad del jugador.
O la muerte, tan llena de anonimato semejante a la de un actor de pueblo, pues sólo unos cuantos recordarán lo que hicieron, ya sea porque les tocó en suerte observarlos o porque acompañaron una parte de su camino en la cancha o el escenario; sólo las formas quedan, se repiten de una generación a otra y cada versión de la técnica toma para sí un estilo propio aunque identificable por la mayoría. Si en algún momento hemos sentido el aguijonazo del fastidio por tener que repetir innumerables veces un movimiento, ese fastidio se compensa con creces a la hora en que un remate, un bloqueo o un fildeo además de cumplir sus funciones, alguien hace notar que lo hicimos de manera estética; un “¡qué bonito juegan!” alivia cualquier cansancio. Salud.
Beto

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