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| El cumplimiento del compromiso es cada semana. Foto: BAER |
La semana anterior al encuentro deberá reflejarse justo en la cancha, las horas de entrenamiento se notarán en tanto las jugadas lleguen a buen término y al final, independientemente del resultado, la satisfacción de haber realizado el mejor esfuerzo; es posible que haya dudas respecto de lo que se debe hacer en contra de ciertos rivales pues ningún torneo está estandarizado, cada equipo representa una dificultad específica y a los más fuertes siempre se les desea ganar. El ánimo en cada encuentro se adapta al ritmo del juego, tanto el interno (cómo se está jugando) como lo proyectado hacia el rival, que también suele usarse como un arma para lograr el triunfo, una táctica más para intimidar y disminuir la potencia del contrario para que, al localizar sus debilidades, ganar sea más sencillo.
Lo que se espera desde el principio es lograr el campeonato, un deseo legítimo de acuerdo al espíritu deportivo ya que a decir de los que integran ese mundo, al menos cada uno tiene la oportunidad de ser campeón una vez en su vida, lo cual puede ser adictivo. A veces, más que la condición física, lo que nos mantiene activos es el volver a sentir la adrenalina que producimos con la emoción del juego, aunque la mayor parte del tiempo lo imaginado no se repetirá en la realidad. Si bien es cierto que hay escuadras dominantes y bastante longevas, también lo es que cuando gana otra que no sea favorita, las aspiraciones de todos se renuevan y se refresca el ambiente de la competencia, después de todo, la leyenda de David sigue dando esperanza a aquellos que no logran reunir elementos muy fuertes.
En los públicos pasa algo similar porque es prácticamente imposible no tener simpatía por alguna escuadra, por cualquier razón, lo que provoca la misma tensión y los mismos sufrimientos que si estuvieran defendiendo su cuadro. Los gritos, las porras y hasta algunas indicaciones salen de gargantas casi anónimas pero sinceras; el acompañamiento es casi total y el motivo puede ser el equipo entero u un solo integrante; que llame la atención que jueguen bonito, es un nivel superior a la simpatía, que en realidad esa escuadra sea dominante, pudiera resultar en una condena porque, dentro de nuestras múltiples contradicciones, volvemos villanos a quienes son buenos para algo. Juntos todos formamos una nación aparte que al menos por unos instantes, al sintonizarnos al rededor de la cancha, logramos desligarnos de la sofocante realidad. Salud.
Beto

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