jueves, 23 de mayo de 2024

Culto a la mediocridad

El espejismo de las victorias pírricas. Foto: BAER

Irapuato, Gto.- Muchas han sido las ocasiones en las que un deportista mete la pata al momento de dar declaraciones a la prensa nacional o internacional, algunas resultan irrisorias pero hay otras que sólo mueven a lástima; el pasado 13 de marzo se jugó una edición más (la segunda de tres en lo que va del año) del llamado clásico nacional del fútbil mexicano y se preguntarán ¿por qué ese tema si este blog presume de tocar solamente deportes que no son el balompié? debo aclarar que el intento es sólo para el varonil, pero en esta ocasión toco el tema pues atañe, más que nada, a la formación del atleta en general, aunque sabemos que fuera de las mazmorras de la FEMEXFUT, los deportistas están mucho más preparados, a excepción de los que dirigen actualmente la CONADE.

En esta ocasión quedó en nuestra mira Javier Hernández, máximo goleador de las selecciones nacionales, con una trayectoria por el extranjero llena de traspiés y ahora de vuelta al fútbol mexicano con el Guadalajara, como lo mencioné líneas arriba, el marco de esta mención fue la serie de dos partidos para dirigir el pase a las semifinales (creo) de una de las nuevas competiciones inventadas por la CONCACAF, lo que parece haber nublado el entendimiento del popular «Chicharito» puesto que no se trataba de uno de esos casos en los que el análisis nos da mejores respuestas que la síntesis, es decir, ese tipo de encuentros se contabilizan por el número total de minutos jugados y la cantidad de goles anotados en ese lapso, no por los resultados parciales.

La declaración de Javier Hernández después del segundo encuentro, es un ejemplo de que al menos en el fútbol, hay deportistas que no pueden asimilar la derrota pues su intento de refugiarse en la victoria parcial de ese día, puso de manifiesto el querer minimizar su frustración en los ciento ochenta minutos del compromiso: «al que decían invencible, le ganamos en su casa», lo cual, si hubiera sido cierto, el Guadalajara habría pasado a la siguiente ronda, algo semejante a la defensa del conductor de noticias Alejandro Villalvazo que, al referirse al gol con el que su equipo se enfiló a la derrota en una final, quiere minimizar el hecho afirmando que no fue la anotación del portero rival, sino un autogol de su defensa. ¿De verdad ése es un buen argumento?

Cada una de esas versiones suena como si después de una pelea el perdedor afirmara: «me rompió la nariz, pero le manché los puños de sangre»; por mucho que creamos que minimizando un hecho vamos a salir bien librados de los problemas, el suponerlo siquiera sólo evidencia la incapacidad que mostramos en el momento. Es entendible que mantengamos una postura aunque ésta sea contraria a la realidad, pues toda la vida nos educamos para ser «vencedores», lo que implica nunca aceptar una derrota como posibilidad, a pesar de que sea o represente el cincuenta por ciento de la mayoría de las competencias. Sólo imaginemos que siempre ganemos ¿sabríamos dar razón del porqué sucediera así? El pensamiento mágico empezaría a invadir nuestros esquemas mentales. Salud.

Beto

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