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| Pagar para que me presuman, no es muy atractivo. Foto: BAER |
En México, el mundo deportivo ha sido ajeno al público en general y la afición, por ese motivo resulta artificial, dado que los equipos rara vez representan más allá de los intereses económicos de los dueños de las escuadras quienes, por cierto, no pueden tener ningún arraigo, de lo contrario no venderían jugadores y equipos como cualquier mercancía, la venta de la imagen va por el mismo tenor, la pelota como el juego son una simple propiedad. Es entendible que el negocio de cebadinas o volovanes de olla tengan un dueño y luego la población se las «apropie» par convertirlos en símbolos locales, pues es una decisión muy personal surgida desde lo más profundo del consumidor, pero un equipo deportivo no se consume de la misma manera y, mientras de esos alimentos no se comparten ni cambian las recetas, en un equipo de personas que se manejan y se cambian a capricho, no puede haber afinidad.
El aficionado de adhiere a algo que sabe que no es suyo, a lo que muy probablemente no accederá porque sus condiciones no alcanzan, pero que necesita porque sus requerimientos vitales incluyen la pertenencia; en realidad, el conocimiento sobre la disciplina a la que sigue es lo de menos, lo importante es que ese objeto de deseo le proporcione cierta seguridad, orgullo en la victoria y uno que otro pretexto en la derrota, ¡ah!, porque se pierde con la cara al sol pero casi siempre por alguna trampa, porque no «íbamos» completos o por culpa del arbitro, nunca, reitero, nunca porque el rival haya sido mejor; claro que es un discurso que traemos desde la casa: «mis papás no me quieren», desde la escuela: «el maestro la trae contra mí», en el trabajo: «no me dan la importancia ni el puesto que merezco» y en la vida cotidiana: «que chifle a su mauser el América» y si hablamos de historia, todo el mundo quiere aprovecharse de nosotros.
Una liga deportiva profesional bajo estas condiciones está condenada a carecer de credibilidad, porque a los de a pie, va a quedarnos la imagen de que unos tipos con dinero nos van a presumir que tienen un juguete con el cual nosotros no podemos jugar, sólo podemos ver de lejos cómo lo manipulan, lo arman y lo desarman y lo que es peor, les pagamos por que lo hagan, esto debido a que -insisto- las ligas profesionales se componen de equipos que no son patrimonio de una comunidad, sino que tienen un solo dueño, en un sistema donde la propiedad sobre intereses comunes significa el secuestro de los mismos y no un servicio de real entretenimiento. La definición de liga o jugador profesional, se ha quedado en la simplicidad del cobro, dejando de lado los valores que producen la admiración de los comunes, aunque al parecer, algunos de ellos ya están despertando. Salud.
Beto

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