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| La afición se refuerza con querer jugar como... Foto: BAER |
1. Nacer con una piel. Una simple foto me ubicó sobre una pequeño pista para entender cómo es que funciona la identificación con un equipo, el orgullo con que el niño veía al que supongo era su padre por portar la misma camiseta que él, en un estadio donde las otras camisetas parecían haber desaparecido, puedo haberse utilizado para la portada de la revista Time sin mayor problema; el posible gol, dado el festejo en la tribuna, pasó también a un segundo plano, fue más importante la pertenencia al «clan» y sentirse cobijado por alguien semejante en los sentimientos. El número de anotaciones variará con cada partido, la constante será el orgullo de ser parte de algo que se ha transmitido por generaciones y que seguirá transmitiéndose por la fuerza de una voluntad heredada desde lo más profundo.
2. Reafirmar en sociedad. La defensa de los colores se hace a capa y espada, no es permisible que alguien se atreva a hacer mofa ni escarnio de nuestro equipo, menos en la derrota; quizás en el voleibol, la defensa no tenga que ser tan encarnizada como en otros deportes, posiblemente por civilidad o porque el apasionamiento aún no es tan penetrante en las tribunas, pero el germen está. Consideramos también que los esquemas de pensamiento en los voleibolistas son distintos al no ser éste, un deporte de contacto, por lo tanto, quien juega voleibol es más reflexivo en sus manifestaciones de apoyo; ser aficionado de un equipo de voleibol tiene que ver más con el «contagio» social que con la herencia familiar, pues a menos de que haya habido un jugador en ella, no existe en la casa algo como una tradición voleibolera, aún.
3. Seguir pasos ajenos. Volvernos fanáticos de un deporte depende a veces de razones ajenas al juego, alguna compañera que nos enseñó a volear, pero no porque tuviera la mejor técnica o una didáctica impecable, sino porque nos hacía sentir mariposas en el estómago o una figura internacional, como Leila Barros que fue una famosa referente en el nuevo siglo. En la rama varonil, tuve la suerte de observar en directo, enfrentar como jugador y entrenador y compartir la cancha con mis modelos de la secundaria, como los hermanos Ortiz o Chava Acevedo. No podría decir que los imité porque mis facultades no se equiparaban a las de ellos, ni siquiera la posición era la misma, pero diría que lo que les copié, fue ese apasionamiento por el juego.
4. La satisfacción efímera. Jugar bien en un partido no necesariamente implica que así sucederá en el siguiente, la satisfacción de ganar se diluye semana tras semana por lo que hay que buscar que la experiencia se repita porque el triunfo también es adictivo; lograr un punto es mucho más gráfico para entender que el deporte... no, corrijo, la vida deportiva pasa muy rápido y por mucho talento que se tenga, nuestro nivel de competencia tenderá siempre a la baja por ceses en la continuidad (normales) o por edad. Posiblemente no perdamos el toque, pero con el paso de los años, ya no será posible repetirlo tantas veces ni mantenerlo por mucho tiempo. El lograr metas u obtener campeonatos deja ina satisfacción cuya euforia va disminuyendo en intensidad, por lo que festejar lo logrado en 1997 sería absurdo, pero queda la eternidad de la memoria. Salud.
Beto

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