El deporte tiene otra prerrogativa: sirve para tener recuerdos gratos de nuestra juventud. Pueden estos ser fotografías, reconocimientos, diplomas, trofeos o cualquier objeto que esté relacionado con la práctica que hayamos desarrollado. Es innegable la satisfacción que representa una vitrina colmada de aquello que nos hizo compartir tiempo y esfuerzo con alguien, que tuvo también el tino de hacerse importante en nuestras vidas.
Los equipo, uniformes e implementos se vuelven una especie de señales que van indicándonos qué estuvo bien o mal hecho, quiénes traspasaron el umbral de lo anecdótico, las causas comunes para lograr realizar lo que nos propusimos.
Ni siquiera es necesario haber sido seleccionado nacional para haber satisfecho la necesidad de convivencia; el deporte suele ser tan noble que, por muy limitada que sea la competencia, siempre brinda el momento de gloria suficiente para llenarnos de orgullo.
Nada hay mejor que la victoria y, a riesgo de que se me interprete como conformista, la victoria está en cada avance, en cada remate, en cada atrapada que logramos hacer. La historia se va formando de todos los pequeños detalles que nos llevan o llevan a otros a la fama.
Beto.
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