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| Ojalá nunca permeé al amateurismo, la mediocridad profesional. |
Puede ser el signo de los tiempos o quizá que ya no entendemos el valor de la competencia, ni como participantes ni como espectadores; la muestra nos la ha puesto el fútbol nacional de primera división, una vez más con el resultado obtenido el pasado fin de semana. Sin demeritar el esfuerzo ni la suerte que tuvo el equipo León, creo que la final fue el cerrojo de una justa, totalmente injusta y mediocre.
Para empezar, el que se hayan enfrentado en los juegos por el campeonato el sexto (Pachuca) contra el octavo ya mencionado, nos da una idea de que no vale de mucho el haberse esforzado por mantener regularidad, sino lo que cuenta es aprovechar circunstancias fortuitas que el azar pone al alcance de algunos creyentes en los trucos del payaso Birjam.
El que aproximadamente dieciséis dueños de equipos estén de acuerdo en que exista la famosa liguilla, no significa que los partidos que observamos sean de calidad, por el contrario, cada semestre (ahora) nos damos cuenta de que el trámite que llaman "Liga" es una serie de encuentros que rara vez ofrecen un espectáculo digno y que debemos esperar a la etapa final para enterarnos de que sí saben jugar.
Quizá se deba a una practicidad mal entendida, basada en la excesiva mercantilización del jugador; posiblemente, por consecuencia, no se les puede convencer de que "dejen todo en la cancha" pues deben cuidarse por si acaso llegan a disputar los juegos finales; tal vez sea que, a raíz de lo anterior, no hayan logrado tener lo que antaño era moneda regular: identificación con los colores.
Lo más cómodo y, por ende trágico, es que se valgan de estratagemas -una vez que ya se hicieron de un nombre- para rendir lo mínimo indispensable y emigrar a otros equipos donde les ofrezcan mejores condiciones laborales. La final fue el resumen claro de los dos momentos que vive el campeonato de un fútbol que vive de nuestras rentas.

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