jueves, 30 de octubre de 2014

Viejas glorias lejanas

Casi veo a mi sobrina haciéndome esta gracia.
Foto: Baer
Gracias al reto indirecto que mi sobrina tuvo a bien hacerme, he vuelto a tomar un balón; pude recordar felizmente, las técnicas básicas del voleo, del golpe bajo, del remate, de los movimientos sobre la cancha y... también lo que se siente cuando quedas tullido por el esfuerzo. Los casi seis años de no moverme han pasado factura.
Los primeros en sentirlo fueron mis dedos, pues en cuestión de minutos, el engarrotamiento los hizo presa y tuve que invertir dos horas en recuperar el movimiento normal; por lo que respecta a mis piernas, se negaban a obedecerme y me llevaban según su muy particular sentir, es decir, al pasito y con pausas entre un movimiento y otro.
Recordé algunos músculos que creí que no utilizaría más; mi ya deteriorada velocidad se vio aún más mermada. Lo bueno es que no he salido a la calle; ya me vería en albricias tratando de escapar de la voracidad de los automóviles o tratando de subir a una de las unidades de transporte colectivo con sus inmensos escalones o manteniéndome en pie dentro de ellos.
Pero no todo es sufrimiento. Toda esta sintomatología me ha picado la cresta y me dejé de quejidos para volver a tomar el balón, tratar de recuperar un poco lo que ya sabía hacer y quizá, poder así aguantarle a mi sobrina al menos media hora de juego. Una de dos: lo consigo dando la razón a quienes dicen que el ejercicio lo es todo o perezco en el intento. Salud.
Beto

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