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| Adiós a la nieve en la oficina. Foto: Baer |
Con todas las campañas que se han soltado en contra del sedentarismo y el combate a la obesidad, algunos hemos tenido que vigilar nuestras costumbres y acciones diarias en el trabajo, en la escuela y en la casa, Desde los hábitos alimenticios hasta los rangos de movimiento, son parámetros que nos van indicando qué hacemos bien y qué no.
La frecuencia y las raciones cambian conforme nos convencemos de que nuestro cuerpo depende de buenas formas para funcionar bien. Pero hay actividades que requieren de que estemos quietos por largos periodos de tiempo, así que las alternativas parecen distantes en cuanto a las posibilidades de implementarlas en nuestras rutinas diarias.
Consejos abundan, pero las disposiciones no mucho. ¿Qué es lo que debemos cambiar primero, los hábitos o las formas de pensar? Pareciera que van de la mano, pero obligar a nuestro cerebro que ponga su atención en algo que no le resulta (de primera mano) del todo satisfactorio, no es tarea fácil. De ahí que nos aferremos a mantener nuestras dependencias.
Como toda costumbre, el arraigo resulta profundo con el paso del tiempo, pero debemos entender que todo depende de dar el primer paso. De que nadie lo dará por nosotros. De que los únicos beneficiados con ello, seremos nosotros mismos. Y aunque se afirme tajantemente que "perro viejo no aprende truco nuevo", la novedad que se busca, es que nos sintamos bien. Salud.
Beto

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