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| El sedentarismo está gobernado por el mayor de los demonios. Foto: Baer. |
Hemos pecado y las consecuencias se ven reflejadas en cada una de las cinturas de los pobladores de este país; como todo en nuestras sociedades, los problemas son multifactoriales, es decir que, aunque le echamos la culpa a un evento circunstancial y de moda, lo que nos tiene con forma de tinaco -en este caso específico- es una amalgama de descuidos cotidianos.
Uno de los resultados de habernos convertido en sociedades tecnificadas ha sido que busquemos la comodidad a ultranza, como si ésta fuera una de las metas imprescindibles para presumir de calidad de vida. No quiero decir con esto que todo deba hacerse de manera difícil, pero tanto el concepto como la aplicación del mismo ha rebasado toda proporción.
Pensemos en utensilios que, por su utilidad, pueden ser contrastantes. Por un lado podemos afirmar que la invención de la licuadora, liberó de un esfuerzo exhaustivo principalmente a las mujeres, que tenían que imprimir fuerza desde las piernas hasta los hombros en el uso del metate. Eso sin contar con el riesgo de cercenarse un dedo con la fricción de las piedras.
En el otro extremo nos encontramos al control remoto de cualquier aparato (porque resulta que hasta los estéreos de los carros lo tienen), su invención respondió seguramente al esfuerzo extremo y pérdida de tiempo de levantarse a cambiar la sintonía. Aunado a la exigencia de nuestro cuerpo de disfrutar de la programación en una superficie tersa y en posición horizontal...
Desde esta perspectiva, el concepto de comodidad está dividido por un abismo de explicaciones inversamente proporcional a la naturaleza del esfuerzo que suplieron. Porque no se puede comparar el hecho de que no se tenga que mover más que un dedo para cambiar canales, a preparar insumos para alimentar una licuadora; y la primera, sí hace que acumulemos más grasa. Salud.
Beto

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