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| Sólo la repetición activa nuestra memoria muscular. Foto: Mavel |
Recuerdo incursión en el deporte de las clavadas (sin albur), era una mañana común y corriente y se escuchaban los rumores previos al inicio de los juegos internos de la secundaria; por supuesto, me emocioné al grado de imaginarme haciendo machincuepas al estilo de Enrique Borja o Cesáreo Victorino. Sí, ya sé que no son de mi edad.
Preparado como debiera estar, la tercera hora de clases fue propicia para organizar los equipos que representarían al salón en el que yo estaba, pero no conté conque la mayoría de los muchachos se conocían entre sí y por ello conformaron la escuadra de fútbol entre puros cuates. Por mucho que me hice el aparecido entre los que organizaron, no salí seleccionado.
Pensar en las alternativas era poco menos que impensable, pues mi uno treinta y cinco no me permitía competir en basquetbol además de que el balón, a mi lado, parecía pelota de playa. ¿Voleibol? ¡Ja! Ése era deporte de mujeres y no tenía idea de cómo se jugaba. La última negativa para participar en el balompié determinó mi resignación a no jugar.
Al final del día, llegó el profesor de educación física a recoger las listar de jugadores de los equipos. Las mujeres no tuvieron problema, pues todas cupieron en dos equipos, su organización era excelente y la siguen manifestando hasta ahora. Los orgullosos machos, dieron parte de sus escuadras y todo parecía en orden, hasta que el maestro revisó la lista del salón.
-"Faltan siete personas de anotarse en los equipos"- dijo mientras daba vuelta a sus hojas de inscripción. Alguien sentado atrás de mí, tímidamente explicó que no habíamos sido requeridos, por lo que no entramos en ninguno. -"Entonces, esos siete serán el equipo de voleibol"- así sin más, dio carpetazo a nuestra situación de desarraigados. Hasta nos dio el calendario de juegos.
Fue más el orgullo que mi curiosidad por aprender lo que me transformó de futbolista a voleibolista, ya que en el primer partido, al tratar de recibir un balón alto con voleo, éste se escapó entre mis dedos y fue a estrellarse en mi cabeza dando por resultado que cayera de sentón en medio de la cancha frente a toda la escuela. La técnica brillaba por su ausencia.
A partir de entonces, me propuse aprender a jugar, a encontrar lo interesante de manejar un balón con las manos en lugar de con los pies, a sentirme a gusto sin tener que ser visto por miles de espectadores. Y no sólo logré lo anterior, sino que lo mejor de todo, es que gracias a mi estatura, todo el juego debía pasar por mis manos. Gajes de un oficio que aún gozo. Salud.
Beto

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