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| Un balón “boloncho” era muy poco atractivo. Foto: BAER |
La piel sintética se vuelve de una caricia en el remate a un golpe de bala de cañón en los brazos, pecho o cara de quien recibe por la naturaleza del juego; los encuentros entre superficies donde hay que sumar al piso, se multiplican según el deseo y las facultades de los protagonistas en el rectángulo de nueve por dieciocho mts. espacio que cada vez queda más chico a los gigantones que prefieren las disputas en el aire, que corretear esféricos infructuosamente; también las agresiones elegantes aunque sordas, a la patada o codazo arteros en las que el balón es olvidado por poner una afrenta en primer término. En el voleibol se agrede con el balón, es el arma y el destino, es la forma última que se ve antes de caer a la duela por efecto de un golpe contundente a 100 km/h.
La espera entre juegos o entrenamientos tampoco es del todo apacible, los traslados en sacos, bolsas o la mano pelona implican cambios en la consistencia y condiciones, si por la temperatura, si por el uso o si por el tiempo de almacenamiento; la responsabilidad de la continuidad depende de esas condiciones que en el profesionalismo se reparte entre más de treinta unidades por juego, pero que en el mundo amateur, si no es sólo entre dos, hasta se andan pidiendo prestados entre los equipos para no perder por de foul. La esencia del juego está atrapada allí dentro entre los libras de presión que mantienen su forma esférica, que sólo emerge gracias a la inventiva de doce individuos que aún confían en que la diversión es compartida.
La vida útil de un balón depende de en qué manos caiga sin importar el material con el que esté hecho; es un juguete o una herramienta de trabajo y su valoración no está precisamente en esos dos términos sino en lo cuidadosos sean quienes lo utilizan.. o los que les dan mantenimiento. Cuidar su forma esférica era motivo de preocupación hace como cuarenta años, el plástico con el que estaban hechos parecía no resistir los malos tratos, así que no se les podía patear ni pensar en sentarse en ellos, por mucho que nos hiciera parecer de mundo esa postura. Algo tenía que ver la regla ya desaparecida de que sólo se valía jugar con toques realizados de la cintura para arriba y con esas amenazas de su deformación, nos acordábamos de no hacerlo y ahora... Salud.
Beto

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