jueves, 11 de agosto de 2022

A vuelo libre

Somos parte del juego, aunque sean otros
los que muevan el balón. Foto: BAER

Irapuato, Gto.- El ocio y la competición se conjugan -aparentemente de manera contradictoria- en todos los deportes, pero en el “balón que vuela” se tienen veinticinco o más oportunidades de ver plasmada esa dupla poniendo a prueba, además, nuestra paciencia; aquí, la definición de ocio que priva es la que proporcionaron los griegos hace más de tres mil años que es la de usar el tiempo “libre” para realizar tareas productivas y edificantes para el alma. Además de la satisfacción intrínseca por la consecución de los puntos disputados, el saberse parte de un grupo y comparar las propias habilidades con las de los demás, los desplazamientos en la cancha con o sin balón producen una coreografía hipnótica en la que observamos un entendimiento silente, una complicidad que aunque repetida, no deja de tener sorpresas.

Lo más adictivo del juego es lograr el efecto de suspensión en el salto, poder quedar detenido en el aire por un segundo esperando que el balón nos alcance en la cita sobre la red y poder con ello, dejar impresa la huella de nuestra mano en la piel redondeada por un brevísimo instante, algunas veces incluso, aún en pleno vuelo, alcanzando a ver cómo esa esfera vulcanizada se estrella en la duela consiguiendo el punto esperado; las velocidades se conjugaron y casi crearon un universo alterno en el que la cámara lenta produce un verdadero relámpago. Un poema efímero pero que se repite continuamente hasta el último punto. La odisea se convierte en ballet, las leyes de la termodinámica se repasan inconscientemente pero se obedecen.

Los contactos entre balón y manos se vuelven intimidad por lo continuos que son; esa continuidad compensa lo corto de los toques. Ambas pieles se buscan sin encontrar saciedad, se expelen pero se extrañan entre sí, saben que no deben retenerse, sin embargo, se prometen reencuentros que cumplen con suma fruición. Las ganas no desaparecen ni cuando se ha llegado al impedimento físico, aunque las rodillas o los tobillos ola espalda o todos en un concierto fatídico griten a los cuatro vientos que ya no pueden provocar ni realizar el salto; no señor, queda por ahí la esperanza de que el ungüento “milagroso” que se usaba en los partidos vuelva a hacer el efecto anestésico y nos permita suspendernos en el eterno segundo dejando tras de nosotros el olor a reuma.

Pero lo único que queda es un sonido crujiente en las articulaciones junto a una serie de fotografías mentales y las gotas de sudor dejadas en la cancha, los arreos de protección se guardan como trofeos particulares cuyo valor es único, porque nadie más los valoraría de la misma manera. Ver que otros lograron lo que nosotros vivimos o fueron más allá en sus aspiraciones, también nos hace partícipes indirectos de lo que sucede en el juego hoy en día, cada remate de ellos retumba en nuestras palmas, cada fildeo vuelve a asombrarnos, cada bloqueo nos comparte su poder y el balón sigue volando, se mantiene en el aire colectando las esperanzas de triunfo en diferentes idiomas, con diferentes caras, en diferentes escenarios, los cuales no importa su condición. Salud.

Beto

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