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| Corremos para ¿cuál de los finales? Foto: BAER |
Cualquier cancha es propicia, sólo basta la oportunidad de mostrarse, de saberse aceptado por las razones adecuadas para sacar a flote lo que nos distingue como jugadores y como personas; la confiabilidad irá forjándose con el paso de las jugadas, las complicidades fabricadas y el cuidado mutuo, conforman un patrimonio que en la escala piramidal de valores pertenece al segundo nivel, es decir, al de los valores colectivos en su expresión, los que nos hacen comprender que sin la colaboración no avanzamos. De ahí, la identificación con el grupo que viste la misma camiseta, que en otros ámbitos se ha casi prostituido con el intento de conceptualización administrativa del “vestir la camiseta” que apunta más al esfuerzo individual abstracto que a la unión de voluntades para establecer metas en común.
Las ambigüedades no quedan ahí, pues entre los deseos de victoria se asoma la promesa de “darlo todo en la cancha” -cualquier cosa que quiera decir eso- que tiene el mismo nivel de compromiso que “echarle ganas”; para nada dudo de la intención de esas palabras, pero en medirlas está el problema. ¿Cuál es la unidad de medida de las ganas para poder saber si ya se dio todo? Porque ya lo decía el ilustre José Luis Galeano: “ay, qué ganas de que me den ganas” yo preguntaría ¿ganas de qué? y ¿qué se gana con las ganas? Es indiscutible que este pueblo es de “luchones” pero también somos fácilmente distraídos y aburribles (si se me permite el término) los que nos hace disciplinados sólo en ciertas circunstancias, por tiempo limitado y en eventos muy específicos, según nuestro gusto.
Históricamente hemos apostado más por el talento que por la disciplina, aplaudimos más a quien se cae y se levanta que quien se mantiene siempre de pie y suponemos que tiene más valor el sufrimiento que el encontrar el disfrute en lo que se hace... pero nos quejamos del trabajo que nos provee de eso que pregonamos que es bueno y, si de casualidad aprendemos a gozarlo, buscamos la manera de hacerlo “difícil” para que vean los demás que el esfuerzo arduo sigue siendo nuestro sustento. Y la frustración acecha y ataca a los menos preparados, la convertimos en un oponente al que hay que derrotar con armamento pesado en las figuras del alcohol o hierbas fumables porque además, es un gusto o un lujo que debemos darnos después de tanto trabajo; la competencia la seguirán otros sobre nuestros pasos. Salud.
Beto

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