jueves, 18 de agosto de 2022

Un anecdotario

El ridículo sólo es mental. Foto: BAER

Irapuato, Gto.- La primera vez que pisamos una cancha enfundados en el uniforme del equipo, los nervios nos invaden porque en ese instante la cosa ya va en serio, una sensación que se repite si nos invitan a jugar en otra escuadra, si representamos en otros torneos a nuestra escuela o si volvemos a jugar después de un tiempo de no hacerlo; las primeras veces no tienen la exclusividad de esas sensaciones, las segundas y terceras pueden ser igual de intensas máxime si se conjugan con la novedad, los sentimientos que produce el reencuentro con la cancha y el balón. Alguna vez afirmé que nadie sabe nada del voleibol hasta que recibe un balonazo en la cara; suena muy drástico pero es un efectivo recordatorio de que debemos tener dominados los fundamentos para no tener que soportar percances similares.

A pesar de los errores (o gracias a ellos), los logros se vuelven entrañables aunque hayan sido el resultado de un “accidente feliz” como diría Bob Ross y la casualidad es pródiga en ellos para quienes preparan sus cuerpos y mentes y con ello se mantienen alertas en cada partido; dicho de esa manera, pareciera que es una condición con la que viviremos por siempre y a los veinte o treinta años, la posibilidad es real, sin embargo, pasados los cuarenta el mismo cuerpo se encarga de recordarnos que somos mortales y que los descuidos y excesos que hayamos cometido en la juventud se traducirán en lesiones si seguimos tentando a la suerte, por lo que los cuidados cambian y la moderación será el criterio rector para seguir siendo deportistas.

La etapa de asimilación de los fundamentos es una gran proveedora de accidentes que fácilmente se convierten en anécdotas, un resbalón, un pelotazo, un equívoco en la formación bien vistos se pueden convertir en información didáctica o, al menos, en un cuento chusco para amenizar una reunión de café; recuerdo como si fuera ayer, la primera vez que intenté realizar un voleo en un juego oficial. El patio de la secundaria, convertido en gimnasio de tres pistas rebozaba de espectadores del turno vespertino que, por coincidencia, no habían tenido la clase de las cinco; mi equipo, el del salón D del primer grado, estaba compuesto por siete mocosos que no habíamos alcanzado lugar en el equipo de fútbol por amiguismo, ni en el de basquetbol, por estatura.

Un silbatazo dio inicio a las acciones que corrieron de manera tersa al principio, no porque fuéramos buenos, sino porque ambos equipos carecíamos del más básico conocimiento del juego y los tantos iban cayendo por ignorancia. Transcurrieron así dos sets completos en los que repartimos una victoria por bando (o la derrota) y ya para el desempate y habiendo entendido que nuestra única arma era pasar el balón al menos chaparro para que él atacara, envalentonado decidí que uno que venía directo a mí por lo alto, debía volearlo como había visto a las niñas  hacerlo infinidad de veces; la colocación de las manos parecía buena, pero no así la distancia entre ellas, así que el balón pasó sin más propinándome un golpe en la cabeza que me sentó en mitad de la cancha, eso y el recuerdo de las risas. Salud.

Beto

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