A pesar de tener este rasgo dominado por la testosterona muy marcado -o al menos eso decimos- hay ámbitos en los que nos permitimos ser menos “duros” con fines diversos en los que dejamos en entredicho, la supuesta gran virilidad que nos caracteriza. Primer contradicción en favor de ir por otro lado que no sea la que presumimos es que la culpa siempre la tienen los demás, aspecto de nuestra existencia que funciona como eje de los otros puesto que nuestra idea de responsabilidad no es absoluta, antes que asumirla, buscamos a alguien que “se deje” para que sea él el castigado con lo cual nuestra conciencia va enmudeciendo hasta volverse un accesorio al que volteamos a ver cuando ya no hay más remedio; al parecer, desde hace mucho tiempo, muchos hemos crecido con conciencias atrofiadas.
La vida puede representarse en un rectángulo verde donde se identifican aparatos ideológicos, aparatos represivos, clases sociales, cotos de poder, estructuras económicas e intercambios comerciales, como en el que los muy machos sientan sus reales e imponen su ley basada en sus habilidades, su rapidez, su fuerza y... sí, también sus formas de fingir, que es en donde se pone en duda toda su hombría. Pareciera que los que se dedican a jugar fútbol crecen creyendo que son todos intocables ¡en un juego de contacto! Y hay que ver la que arman si un indigno osa tocarlos, porque la mayor parte del tiempo no es así, se la pasan tratando de engañar al árbitro con contactos inexistentes o que soportarían perfectamente sin que les pasara nada; en el mejor de los casos, estarían capacitados para evitar patadas.
Sin embargo es todo lo contrario, no se cuidan de ellas, las provocan reteniendo el balón y luego se quejan de las faltas y las lesiones resultantes porque son capaces de aguantar la patada, llorando como Magdalenas; como afirmé líneas arriba, este deporte refleja nuestra cotidianidad, exigimos que nadie nos toque agrediendo a los demás porque son machos y deben aguantar sin importar que se conduzca mal un auto, nos compren caro las frutas en nuestro puesto, no paguemos deudas ni denunciemos las arbitrariedades. Si fuéramos verdaderos deportistas, lucharíamos hasta las últimas consecuencias dentro de las reglas establecidas, por un bien común, aceptando triunfos y derrotas como se presenten. Triunfar no es acumular galardones, es haber aprendido algo en el proceso de una competencia. Salud.
Beto

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