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| Suena la campana y comienzan las emociones. Foto: BAER |
El “en vivo” significa el consumo de algo fresco, actual, que no nos pone en el pasado. Es el testificar que algo está sucediendo mientras vivimos y lo convertimos en algo significativo, lo que nos da plena autoridad para decir, en caso de una repetición extemporánea, “yo lo vi cuando salió” y aprovechar para acribillar a los presentes con una ráfaga de anecdotazos. No estoy seguro del rango o si se ha establecido alguno, pero creo que unos diez años de diferencia entre individuos ya permite ejercer ese derecho no escrito. Pero sigamos con las producciones en vivo; los errores se evidencian cuando se es novel en el asunto o si los actuantes tienen alguna distracción, esa vulnerabilidad se ha vuelto pasto de los cazadores de yerros que se encargan de hacerlos motivo del escarnio público para dos propósitos, para acabarlos o para ensalzarlos.
Una transmisión en vivo también nos da el derecho de externar nuestra opinión sin sentirnos ridículos por hacerlo, no porque creamos que van a escucharnos, sino porque la coincidencia permite pensar en cierta sincronía en los puntos de vista, porque opinar sobre eventos pasados ya es historia; un ejemplo muy claro de ello lo vivimos en 1990, la pelea entre Julio César Chávez contra Meldrick Taylor el diecisiete de marzo; más allá del dramático desenlace, lo interesante desde el punto de vista de la comunicación, era ver a los aficionados que abarrotaron el llamado Domo de la Feria de León, Gto., gritándole a todo pulmón indicaciones al púgil sinaloense para que venciera al oriundo de Filadelfia, con otras tantas consignas en contra del americano y del réferi, convencidos de lo que hacían, como si estuvieran en la arena.
Olvidaba mencionar que, para ver la pelea, se utilizó una pantalla gigante puesta ex profeso para el evento al cual se accedía por un módico pago que nos daba a todos el derecho de vociferar cuanto nos diera la gana. Lo que me quedaba de sentido común (y algo de inocencia) me hizo preguntarle a uno de mis compañeros si no se daban cuenta de que estaban viendo una transmisión originada desde Las Vegas, lo que obviamente sucedía, pero si desde casa en una pantalla mucho más chica que la utilizada ese día, somos capaces de dar instrucciones técnicas a un jugador de fútbol, con mayor razón había que “ayudar” al máximo exponente del boxeo nacional en una pelea que prácticamente llevaba perdida. Sólo quedaban once segundos y sucedió el milagro; “ya lo ve joven, el Julio nos escuchó”. Salud.
Beto

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