jueves, 2 de febrero de 2023

Bendita digestión

No es necesario ser exponente de la alta cocina
para alimentarnos bien. Foto: BAER

Irapuato, Gto.- La fecha lo permite al grado de exigencia, el último estirón de tripas se da hoy con las reservas del caso; las vitaminas “T” tienen en estas veinticuatro horas su último bastión en el que nos obliguen a acumular lípidos en zonas non gratas. Día de disfrutar de tamales en cualquiera de sus presentaciones pero, ¿ese disfrute tiene directrices? Al parecer, no. Los comemos a mansalva sin importar estilo ni procedencia poniendo a prueba cada sistema de nuestro cuerpo, desde el circulatorio hasta el digestivo; nunca un tamal hará daño, a menos que lo acompañen otros cuatro rumbo al estómago y además, seamos intolerantes al maíz. Esto último lo considero una maldición desde el momento mismo en que, en los relatos mitológicos, fuimos concebidos en el interior de esa planta.

A pesar de tener un estómago forrajero, por muy sano que resulte ingerir vegetales, las cantidades industriales con las que solemos alimentarnos, son perjudiciales para el buen funcionamiento de nuestro cuerpo, lo maravilloso es que nuestro sistema digestivo suele responder como los buenos pero todo tiene un límite y éste llega con los años. El desgaste siempre es total, con las variantes producidas por el uso pero que no significa que si utilizamos más las piernas que los brazos, éstos no sufren desgaste, lo mismo sucede con los intestinos y el estómago; hay alimentos que requieren mayor esfuerzo para ser digeridos pero hasta los más suaves producen desgaste, nada para alarmarse porque la naturaleza (no el tiempo) exige que la inversión de energía durante la vida, produzca el envejecimiento.

Cuando los digestivos, las aguas minerales y los antiácidos hacen su aparición en nuestras vidas a manera de necesidad, es hora de vigilar la cantidad y la calidad de lo que comemos; y si hay algo difícil de cambiar o erradicar, son las costumbres, por más disciplinas que nos impongamos, éstas permanecen pues han conformado el andamiaje de lo que somos desde el momento en que hicimos uso de la razón, desde el primer “por qué” que nos dio el poder del diálogo por el placer de dialogar. Es posible que en ese mismo tiempo hayamos convertido a la comida en una forma de lenguaje, que nos hayamos insertado en una dinámica particular estilizada a golpes de sazón, olores y sabores, que la hayamos convertido sin palabras de por medio en un laboratorio abierto al cambio.

Un laboratorio al que se accede haciendo méritos cuyo interés se descubre según la intención del desarrollo de cada individuo, aunque deberíamos saber de cocina todos, para poder controlar lo que nos llevamos a la boca, lo que nos exigiría otro nivel de educación, adecuada a las nuevas formas en que vivimos, por ejemplo, quienes decidieron ocupar un espacio habitacional en solitario, los que sólo viven en pareja o los que, conformando una familia, tienen diferentes horarios, todos sabiendo cocinar para uno. La educación física empieza por el estómago y la asesoría de un nutriólogo se ve cada día más necesaria como una forma cotidiana de conocimiento sobre los productos que salen al mercado, las maneras de combinarlos y cocinarlos además de los horarios para hacerlo según nuestra actividad. Salud.

Beto

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