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| Ser profesionista y ser profesional, no siempre son la misma cosa. Foto: BAER |
la afición, así vista, tergiversa un poco lo que debería ser un compromiso social, pero creo que el tiempo es un factor preponderante para entender que nuestra visión hedonista de la existencia, nos impide creer en el sacrificio a largo plazo, aunque las religiones así lo estipulen. Quizá sea ésa la razón del hartazgo y posible refugio en actividades que suponemos, están en nuestro control (aunque no sea del todo cierto); apoyamos “a muerte” a un grupo de jugadores interesados en mantenerse en su trabajo sin tomar en cuenta los sentimientos que producen en gente que ni conocen ni les importa conocer, pero supongo al mismo tiempo, creen tener el derecho de ignorarnos puesto que ellos soportan nuestras injurias cuando percibimos que no están cumpliendo con su deber.
En este pueblo monodimensional en lo que a deportes profesionales se refiere, parece existir la consigna de que hay el deber moral de alinearse al seguimiento del balompié, de lo contrario estaría en juicio nuestro derecho a ostentar el gentilicio nacional puesto que, además, cuelga un estigma sobre las demás disciplinas deportivas, ya que “juego del hombre” sólo hay uno, según las palabras de Ángel Fernández. Renunciar al seguimiento de un equipo es impensable, como lo afirmaba líneas arriba, pero si se deja de seguir al deporte completo y optar por otro, ¿qué consecuencias sociales traería? Al parecer menores puesto que se pasaría por disidente en lugar de traidor, ya que la deserción es la no afiliación a las líneas enemigas para pasar a ser una nulidad que no representa riesgo alguno.
Para los que nos desencantamos del fútbol varonil, ha significado un alivio de la presión social que obliga a la defensa a ultranza y en todo terreno de los colores que habíamos declarado preferir, defensa que implica denostaciones, subvaloraciones, improperios y hasta mentiras o argumentos sin fundamento alguno que, aunque se atacaran con la razón, simplemente se rechazarían con la incredulidad por melatismo, perdiendo más tiempo en discusiones bizantinas que en un apoyo real al equipo de “nuestros amores”. Al margen de los apasionamientos y sin involucrar selectivos nacionales, los deportes se disfrutan en plenitud, nos damos la oportunidad de admirar las jugadas sin importar quién las realice, como sucede ahora con la versión futbolera femenil. Salud.
Beto

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