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| Disparar un misil desde la trinchera no te hace valiente. Foto: BAER |
Si la cancha es un laboratorio donde vivimos una sociedad experimental, entonces allí reflejamos lo que realmente somos y el grupo sólo lo saca a flote por la falsa sensación de seguridad que da el anonimato, segunda ves que lo menciono porque parece ser el ingrediente principal para agarrar coraje y escupir toda la frustración que se tenga reprimida, que en el país suele ser mucha ya que hay infinidad de carencias aunque nada más hagamos caso a las monetarias. Pero, ¿qué nos hace pensar que un desconocido es el depositario idóneo de nuestro rencor? Porque una cosa es estar inconforme con nuestro desempeño, la poca valoración s nuestro trabajo, las ínfimas condiciones de nuestra existencia y otra, que los demás deban aguantar nuestro berrinche.
Quizá lo hayamos imaginado, quizá no, pero ¿cómo responderíamos si alguien al azar nos abordara en la calle y sin mediar aviso nos dijera: “¿qué onda pin... pu..?” Posiblemente responderíamos a la agresión, al menos así lo veríamos pues no parecería que lo hubiéramos provocado, además aunque su tono de voz fuera amigable o juguetón, nada en el mundo le daría el derecho a llamarnos por esos dos epítetos. Entonces, ¿por qué vemos tan “normal” que en algunos espectáculos, principalmente el fútbol, se griten insultos desde la tribuna a los jugadores? ¿Acaso el ser figuras públicas les debe transformar en receptáculos de nuestras carencias? Con otra, es posible que no nos hayamos dado cuenta de un detalle.
Lo que afirmamos de alguien, seguramente venimos cargándolo en nuestro inconsciente, es decir, lo que señalamos de los demás es un reflejo de nuestra esencia, es así porque es más fácil identificar a los iguales. Insultar, en el fondo, nos vuelve en lo que insultamos, máxime cuando lo hacemos desde un lugar en donde la parte que buscamos afectar no puede responder de frente, así un graderío, un correo electrónico, un muro en facebook o el uso del twiter se convierten en trincheras donde lo que menos queremos en realidad, es el enfrentamiento. Señalar un fallo está bien, es la oportunidad que damos al otro de corregir su error, pero compararlo con objeto o animales desde una trinchera con el fin de degradar, es de cobardes. Salud.
Beto

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