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| Los errores fueron formándonos, aunque algo lento. Foto: BAER |
En alguna ocasión, muy al principio de mi incursión en ese entonces enigmático deporte, mis dudas me asaltaban sobre mi desempeño en la cancha ya que no contaba con referencias para comparar lo que hacían los que sabían con lo que yo apenas había aprendido, por lo cual, mi confianza no era mucha y se basaba totalmente en lo que un compañero de la secundaria me había comentado; si en ese momento me hubiera enterado de que él tampoco había jugado en su vida, no me hubiera presentado a nuestro primer juego. Aquella tarde, para colmo de mis males, el turno vespertino no tenía clases, así que todos estaban apostados en los pasillos de los tres pisos observando los juegos que realizábamos los de la mañana.
Porras como tales, no tuvimos pues la convivencia entre turnos era casi nula, lo que en realidad privaba era un morbo marcado por ver a los rechazados de otros deportes participando en un torneo interno que sólo servía para justificar el sueldo de los maestros de educación física, porque seguramente ya sabían quiénes podían jugar y no tenían necesidad de realizar un trabajo de selección para los futuros juegos de la zona. El caso es que estábamos allí, doce chiquillos que levantábamos apenas el uno treinta de estatura (excepto uno) que no tenían la más mínima idea de cómo se jugaba aquello; por mi mente pasaban pensamientos en los que sobresalía la pregunta: “¿por qué no me quedé en el camión?” Pero el daño ya estaba hecho.
El balón viajó de un lugar a otro sin encontrar el consuelo de ser jugado con maestría, por el contrario, salió rebotado sin ton ni son de unas manos inexpertas a otras que no tenían la más mínima intención, así nada más. El fastidio en la cara de los árbitros se hacía patente cuando en cada jugada debían explicar qué era lo que marcaban, sin la seguridad de que toda esa bola de imberbes les comprendieran algo. Las acciones eran tan reñidas como podría serlo la “pelea” entre dos cachorros de gato de tres semanas de nacidos; el primer encuentro se definió como todos los demás, en el último error, lo que nunca supe ni siquiera cuando me explicaron las leyes de la probabilidad, es porqué teníamos que cometerlo siempre nosotros. Salud.
Beto

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