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| El apoquinarle por parte de los jugadores, es un sistema que no soporta mucho. Foto: BAER |
La inversión en un equipo deportivo representativo de una ciudad o región, influye tanto en lo económico como en la salud mental y física de su poblado; podría pensarse que nada tendría que ver si no es nuestro negocio, pero nada más alejado de la realidad. Cuando una escuadra de cualquier deporte presenta tanto arraigo en un grupo social, el sentido de propiedad se exacerba y el de pertenencia produce cierta seguridad a sus partidarios, lo que se traduce, si el equipo sale victorioso en la mayoría de sus encuentros, en satisfacción y productividad. Las oficinas, los talleres o las escuelas se llenan de buen ambiente que se nota en los comentarios vertidos sobre el partido anterior y los pronósticos para el siguiente, fenómeno que se repite durante la semana hasta el siguiente encuentro.
Dado lo anterior, si el arraigo es mucho, la euforia podría traducirse en buena atención, lo que se extendería a todos los niveles del lugar, aunque muchos no fueran aficionados; el resultado de todo sería un idílico cuento de hadas si todos participáramos de la victoria, pero como la pasión nunca es pareja, si esa victoria se obtuvo sobre otro equipo que tuviera afición allí mismo, tendríamos una población dividida pues, así como el triunfo levanta los ánimos, la derrota los deprime logrando con ello el efecto contrario. Porque, volviendo a la inversión, un aficionado cree de verdad que su compra de boletos o playeras le hace acreedor a una parte de ese equipo que apoya, así que su pertenencia es incuestionable lo que significa que tiene derecho a deprimirse en la derrota o a festejar en la victoria.
Ese mismo derecho debería ejercerse en la creación de equipos deportivos, pero planeados como una inversión y no como un gasto; si se apela al arraigo, nada hay como los barrios viejos, esos donde todos se conocen, tienen negocios que han estado allí toda la vida y poseen la cultura suficiente para atrapar la atención de cualquiera, ya sea por el arte, lo culinario o la religión; con un bagaje tal, pensar en la filosofía de competencia sería más sencillo que el tratar de amalgamar todas las distintas concepciones de una sociedad entera. es posible que de esta manera, la entrega de los jugadores sea total, que la garra que muestren en cada jugada contagie a los que los veamos jugar y todo eso complemente una dinámica que nos saque del marasmo producido por nuestra actividad monodisciplinaria. Salud.
Beto

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