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| Somos contradictorios cuando acercamos lo lejano pero alejamos lo cercano. Foto: BAER |
Los motivos por los que un grupo opta por crear una organización deportiva pueden ir desde lo meramente atlético hasta el obtener una ganancia en metálico que solvente los gastos de sus miembros; la división profesionalismo y deporte aficionado, ha marcado cada práctica de manera radical, al grado de convertir a algunas en cofradías y a otras en verdaderas mafias. Lo benéfico o maléfico de sus intenciones dependerá de los intereses en común de los agremiados; las parte romántica estipula que el bien obtenido mediante el ejercicio compensa todos los sacrificios posibles, siempre y cuando estemos dispuestos a soportarlos, por el otro lado, la comercialización del deporte observa primordialmente la inversión y la ganancia como el motivo sine qua non para funcionar.
Para lo anterior, los interesados se valen de varios trucos que van desde el humor, la venta de artículos o la presentación de mujeres atractivas, principalmente en deportes populares y los de élite. Los extremos se tocan; en diferentes formatos pero las mismas características se pueden encontrar tanto en el box como en el automovilismo; hay atractivos a manera de imágenes preparadas para cada evento con una base que indica el inicio o el final de algunos periodos, algo que la NFL instituyó en cada jugada al mostrar a las animadoras en cada pausa en la que las transmisiones aprovechan para insertar anuncios comerciales. Algo parecido ocurre con los espectaculares que utilizan las imágenes de los atletas para asegurar el consumo de las emisiones televisivas, las entradas a los encuentros y la venta de playeras.
El principal objetivo de organizarnos deportivamente es mantener el interés por la movilidad, de evitar el sedentarismo por ser una de las causas de las enfermedades sociales con tintes de epidemia y por dar paso a nuevas generaciones de atletas de alto rendimiento. Lo último pareciera en primera instancia algo ilusorio, más cuando las estadísticas nos indican que somos el primer país con obesidad infantil, de lo cual culpamos automáticamente a la tecnología cuando es ésta la menos responsable, ya que no se gobierna sola. Es posible que ya nos hayamos dado cuenta, pero nos mantenemos en una postura distante de nuestra responsabilidad pues es más cómodo que otros se encarguen (en este caso un aparato telefónico) de la educación de los infantes y, ¿por qué no? de la nuestra. Salud.
Beto

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