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| También los lugares influyen para poder dormir bien. Foto: BAER |
Los anuncios de venta de colchones inducidores del sueño proliferaron en varios medios de información, imagino que se dieron cuenta de que el ritmo de vida que hemos impuesto desde la revolución industrial, por lo que vieron un nicho de venta muy grande en el actual padecimiento social que no es la falta de sueño, sino el conjunto de consecuencias que ésta trae. El sueño puede “espantarse” una noche o dos sin mayores consecuencias, pero si el fenómeno se extiende a tres o más, sería conveniente consultar a un especialista si es que la causa no es alguna alteración de la rutina o una preocupación personal o familiar; la apnea del sueño se presenta como un síntoma (uno más) de la depresión de la que hemos hecho alarde en los últimos años debido a nuestro estilo de vida o al revés.
¿Qué lo determina? El espectro abarca desde la situación laboral hasta la incomprensión de las relaciones sociales pasando por un sinfín de eventos tan sofisticados como absurdos que podrían resolverse aprendiendo a conversar; porque a hablar aprendimos desde muy pequeños, pero la parte de la escucha (la más importante) la postergamos creyendo que es nuestro derecho el imponer nuestra voz y la obligación de los demás, el escucharla. Si todos pensamos igual no hay diálogo, sólo una parvada de pericos que deben llegar al grito para sobresalir y una vez que lo logran, se dan cuenta de que se quedan solos. Si unimos soledad, depresión y falta de sueño nos encontramos con el espectro de la enfermedad que nos hemos provocados solos y que está en nuestras manos erradicarlas, si no para ser sanos, sí al menos para dormir mejor.
Es imperioso dormir, no importan tanto el número de horas o lo bueno del colchón sino la calidad del descanso aunque el canon indica que deben ser ocho horas o sea, la tercera parte del día, sin embargo, todo depende de las rutinas a las que nos hayamos habituado, al tipo de transporte con el que contemos, a las exigencias sociales a las que estemos sometidos que, en conjunto, no nos permiten tomar un tiempo significativo para escuchar lo que los demás tienen que decir, en una palabra, conversar. Lo recalco puesto que me he hecho un experto en escuchar, aunque no puedo dirigir la conversación de tal manera que mis interlocutores encuentren la solución a sus problemas, eso es tarea de un psicólogo, pero al menos sirvo de paliativo para algunos malestares. A dormir. Salud.
Beto

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