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| Todo para que aprendan. Foto: BAER |
A la distancia parece obvio que ninguna tenía facultades iguales a las de las demás, que sus aptitudes servían para distintos propósitos y la disposición que expresaban respondía más a la mucha o poca confianza que se tenían a sí mismas más que a lo que podían hacer en la cancha; observar todo eso me costó trabajo y manejarlo adecuadamente, mucho más. A lo anterior, había que sumarle complejos, aspiraciones, relaciones entre sí y el poco tiempo para conocerlas a fondo, por lo que había que hacerla de consejero, psicólogo, educador y paño de lágrimas en algunas ocasiones; y si bien logré hacerme de buenas amistades, en la cancha los avances eran algo lentos, eso sí, muy seguros y firmes dentro de lo que cabía.
Mi máximo logro hasta ahora ha sido Katia, no porque yo hiciera que sus virtudes atléticas se maximizaran a un grado superlativo, sino porque el trabajo realizado con ella y su grupo hizo que otro entrenador, con mayores facultades que yo se fijara en su forma de jugar, por lo cual, siempre les he agradecido a ella por su paciencia incluso cuando no sentía que podría mejorar y a él, por confiar en lo que llevábamos trabajado hasta esos días; por otro lado, la satisfacción mayor me la dio Ivone, cuyo desempeño tampoco era material de selección nacional pero, al haber empezado desde cero y llegar a tener movimientos fluidos y confiables en la cancha, me dio la oportunidad de saber que, como entrenador, no estaba tan perdido ni dejado de las manos de los dioses olímpicos.
Por supuesto, nada de lo anterior ni de las satisfacciones que tuve con otros muchachos y equipos hubiera tenido valor, sin lo que aprendí de mis propios entrenadores y compañeros de cancha entre los que puedo contar a Chava Acevedo, Chava Ortiz, Gilberto “Chispi” Ortiz, al “Gallo” y a otros tantos que me dieron las nociones para enamorarme del voleibol, deporte al que entré a la fuerza y a la fuerza tuve que salir. La vida deportiva, en competición es relativamente corta, no somos conscientes de ello hasta que el cuerpo no responde como solía hacerlo a los veinte años; hay compensaciones, claro, las más cercanas al disfrute del balón y de la cancha están en convertirse en entrenador, la etapa que me hizo entender que ese puesto de poder sólo es de confianza, porque ningún equipo es de nuestra propiedad. Salud.
Beto

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