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| Si los blancos no saltan, ¿los mestizos sí?. Foto: BAER |
Alguna vez lo mencionó el muy afamado y nunca bien ponderado “Picoreta”: “todos tenemos la facultad de jugar voleibol” sólo necesitamos descubrirlo (la frase complementaria es mía) y las demostraciones vienen con el paquete. El salto es básico, incluso para los que miden más de dos metros, el chiste es tener el máximo alcance posible según sean nuestras facultades; en México, para ser seleccionado nacional varonil, debe ser de tres metros. Quien mida entre 1.60m y 1.70m, al menos deberá despegarse del piso un metro. Junto con la altura, hay que cubrir el mayor número de metros cuadrados, para lo cual es necesario además de tener buena extensión de brazos, una gran zancada, es decir, abrir el compás lo más posible. Aplicar para un equipo hace que deseemos convertirnos en Reed Richards.
Esto me hace recordar una película protagonizada por Wesley Snipes llamada en español “Los blancos no saben saltar”, comedia y lo que quieran pero en su argumentación se notaba un dejo de racismo por compensación que en la vida cotidiana podemos ver en ciertos prejuicios que crean arquetipos inalcanzables, de los cuales sólo unos cuantos aprovechan. Si les hiciéramos caso, no sé si como mexicanos estuviéramos diseñados par “volar” aunque en los años en que jugué, pude ser testigo de descomunales saltos por parte de compañeros, rivales y pupilos, algunos de ellos rayando en lo poético cuando lograban suspenderse un eterno segundo en el aire. Cuestión de técnica, dirían los que saben, de corazón, los románticos, sin embargo, es innegable que quienes logran los tres metros, tocan el cielo.
Debo aclarar que esa altura el la mínima exigida a los profesionales, para los aficionados hay un margen menos puesto que, de lo que se trata es de disfrutar; tampoco se trata de resignarnos sino de conformarnos si es que no logramos superar nuestras expectativas, seguramente el alcance que tengamos será de utilidad en la táctica que fije el entrenador. En última instancia, es imprescindible encontrar en cada uno el punto de arranque y la distancia a la red como la altura del balón en las que nos sintamos cómodos, hay que recordar una única forma de rematar, podemos contar con una base sugerida, pero al final cada quien la lleva a cabo según sus virtudes o carencias, pues lo que importa es que el balón viaje y rebote directamente en la cancha contraria hasta completar veinticinco tantos. Salud.
Beto

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