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| Muchos de esos balones deben haberse quedado en bodegas. Foto: BAER |
Eran en realidad duros como el granito y se ponían peor conforme pasaba el tiempo, contrario a lo que decían algunos, pero lo que en realidad sucedía es que se habían habituado a los golpes más rápido que los demás, para jugar había que tener el cuero muy duro y una resistencia a toda prueba. La opción más cercana era comprar un balón de piel pero, además de ser carísimos, había que tener sumo cuidado por alguna pinchadura y mucho más con alguna mojada porque se transformaban en una segunda versión del Voit y en tiempos en los que no se podía jugar con el pie, había que resignarse a casi tenerlos de adorno, eso sí, inflados adecuadamente porque de lo contrario, ambos se hacían huevo. No recuerdo cuánto invertí en balones, pero sí recuerdo la cara de los que jugábamos al ver que estrenaríamos una nueva «piedra» y me parecía verlos rezar por que se ablandara pronto.
Por supuesto, nada de eso impedía que tratáramos de mejorar nuestras facultades, más que nada porque el tiempo era escaso para esos menesteres, así que cualquier terreno, aunque fuera uno rodeado por espinas, enemigas número dos sólo superadas por el agua ya mencionada y seguidas por las azoteas y los automóviles. Rara era la vez que alguno de mis conocidos mencionaba que había tenido que comprar un balón nuevo porque el Voit se le había acabado por el uso. Como «prueba de valentía» en los entrenamientos pasaba, pero en los partidos se convertían en proyectiles que podían hacer temblar al más osado y ni hablar del dolor de cabeza cuando un remate alcanzaba lo que Tin Tán llamaba «chompeta», en esos momentos la imagen caricaturesca de los pajaritos volando al rededor se materializaba, aunque en nuestro caso los que volaban eran unos zopilotes, pues eran los que gobernaban los aires del parque.
Hay anécdotas sin fin que me sería imposible anotarlas en este pequeño espacio, pero tengan por seguro que a muchos de los que jugamos voleibol, nos pasaban casi las mismas cosas; para cuando marcas como Spalding o Mikasa hicieron su aparición, los esguinces y las fracturas ya habían hecho de las suyas, de cualquier manera fue una bendición que llegaran pues con la introducción de viniles más ligeros y pieles sintéticas, los voleos y los fildeos se volvieron más amables aunque los golpes en la cara seguían doliendo como patada de mula. Con esa ventaja vinieron otras para el ataque, no así para la defensa ya que el uso de esos materiales permitió que tanto en los servicios como en los remates, las esferas tomaran efectos más marcados, lo que no permitía un control total para dar buenos pases y, por así decirlo, los jugadores debieron adaptarse a una velocidad y ritmo de juego más vertiginosos. Salud.
Beto

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