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| Los años refuerzan los lazos de los voleibolistas. Foto: BAER |
Poder jugar o ejercitarse en general es como ir en un viaje; cuando jóvenes lo que nos importaba era el destino, no tanto lo que había en el trayecto, con el paso del tiempo, vamos redescubriendo detalles a los que no habíamos prestado atención y que suelen hacer más interesante el resultado; la vida deportiva es semejante, no es que no nos guste ganar al final, pero el sentir que podemos jugar es más importante que el resultado. La idea de prolongar el lapso competitivo es loable pero tiene que estar orientada en una buena planeación que nos permita proyectar de acuerdo a las características con las que contamos pues no hay una edad específica para que todos nos iniciemos en el deporte ni mucho menos otra para el retiro, sin embargo, cada uno sabemos cuándo ya es tiempo de dejar el alto rendimiento para terminar enteros.
Aunque, pensándolo bien, hay gente adulta mayor de alto rendimiento que corre maratones, participa en torneos de conjunto o en competiciones acuáticas; lo menciono así porque sin que tengan acceso a los grandes monopolios de los espectáculos en los deportes, siguen teniendo un rendimiento adecuado a su edad, lo que es ya decir mucho para la tendencia sedentaria que tenemos hoy en día. Como en todo (hablando de deportes) la actividad física del adulto mayor es poco difundida porque se supone que no es un espectáculo que interese a las masas y posiblemente tengan razón, pero estoy seguro que lo mismo sucede con la Bundesliga, la Eredivisie o las ligas sudamericanas de fútbol, de las cuales están inundadas las señales de los canales televisivos que pomposamente se anuncian como deportivos.
Es posible que el casi anonimato en el que estamos los voleibolistas, haga que nuestros lazos afectivos se vuelvan muy fuertes, que los recuerdos acumulados hagan que el tiempo parezca siempre presente y que nuestras facultades se sientan como si no hubieran desaparecido; los reencuentros deportivos suelen ser más intensos pero no tan viscerales conforme pasan los años. Jugar a la pelota nos devuelve a momentos en los que nos sentimos a gusto con nosotros mismos por la fuerza, la resistencia y la rapidez de nuestras respuestas, lo que en este tiempo serían las formas, el disfrute y la observación lo que nos mantiene con deseos de seguir interesándonos en el juego. Las pocas transmisiones televisivas (en sistemas de pago) que logramos captar casi por azar, tienen el efecto de un paliativo contra el dolor, pero de eso a nada... Salud.
Beto

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