jueves, 6 de febrero de 2025

Ser y parecer

Tenemos ahora buena presencia
en la cancha. Foto: BAER

Irapuato, Gto.- Hubo un tiempo en que ser y parecer jugador de voleibol era lo mismo, el balón, la vestimenta, la cancha y jugar a gusto era un todo compacto que venía en un mismo paquete; la mayoría teníamos eso como cierto y hasta podría decirse que hubo una moda en el uso del calzado para jugar. El voleibolista que se preciara de serlo debía usar tenis Tiger, tener al menos un balón Mikasa y untarse una pomada de árnica con lo que suponíamos ostentar un status, por lo que mi hermano Jorge llama «las medallas del deporte»; yo comencé a usar pomadas y vendas ya entrado en los treinta, cuando las articulaciones empezaron un concierto que hasta la fecha me acompaña; no tiene una hora fija ni una temporada preferida, sólo se presenta con sus característicos «cracks» anunciándome que estuve mucho tiempo en una sola posición.

En cuanto al físico, podría decir que cumplía con uno de los arquetipos, al menos en la mayor parte porque para el tiempo en que jugué, la estatura considerada para la alta competición pasaba del uno setenta y cinco, pero mi alcance de dos ochenta en promedio, me ayudó para mantenerme activo, con la suerte de que nunca fui banca. debo aclarar que tampoco había muchos elementos de donde escoger, así que no tuve mucha competencia en todos los equipos en los que estuve; los torneos eran de poca demanda, por lo que mis lesiones pasaban rápido, como creo que sucedía con la mayoría de los jugadores de aquellas ligas de antaño; a nivel local quizá la evolución vaya lenta en comparación con el nivel de selecciones nacionales o de ligas europeas, pero sigue siendo muy entretenido.

Jugar un deporte con buena aceptación pero con un arrastre menor, pudo habernos puesto a los voleibolistas en una categoría de «snobs», dado que el dedicarnos y disfrutar de una actividad que la mayoría desdeña, nos pone en una plataforma especial de conocedores más allá del fútbol; no sé exactamente cómo suceda a nivel de selecciones estatales o nacionales, pero en los niveles básicos la actitud de los jugadores generalmente es abierta y de cooperación, sin faltar alguno que otro miembro que se siente parido por Venus porque sus facultades aparecieron antes que las de los demás, por lo que puede aprovecharlas en su favor y en sus equipos. Podría pensarse que la conciencia de desfavorecidos nos mantiene humildes y sumisos, pero la verdad es que los «alzados» son pocos y tienen poco de qué creerse.

Si para ser hay que parecer, una parte en el físico la tenemos copada, el voleibolista mexicano tiende a ser poco voluminoso pero fuerte, su delgadez le permite una flexibilidad especial por la cual puede adaptarse a cualquier sistema de juego; está a punto de mantener una estatura promedio, por la que ahora no es tan complicado formar selecciones en todas las categorías existentes. Es entregado, disciplinado y competitivo, lo que le ha permitido ser apreciado en ligas foráneas como la italiana, la turca o la rusa, tiene además la ventaja de compartir la picardía manifestada en otros deportes, por lo cual hace que los juegos sean vistosos. En general, se está viviendo (espero) la etapa de transición que el voleibol necesita para salir de la vitrina del olimpismo hacia otros horizontes. Salud.

Beto

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