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| Del juego, ya tenemos qué contarles a los nietos. Foto: BAER |
1. Estas dos palabras juntas. Parece un pleonasmo, pero parecen más una la consecuencia de la otra; jugar produce placer, es indudable sin embargo, la aclaración viene al caso debido a la existencia del profesionalismo en el deporte lo que ha traído en varias ocasiones la duda sobre si aquel que juega por una paga, en realidad lo disfruta, algo así como lo que hace para vivir un ginecólogo que a decir de muchos, trabaja donde los demás nos divertimos y lo mismo podría decirse de los que atienden al público en los juegos mecánicos o de los meseros o aquellos que se dedican al entretenimiento. Hay un trabajo mental que hacer cuando se tiene la opción de ingresar al mundo laboral por la vía del deporte, se trata de mantener el interés en algo que pareciera contraponerse a la diversión que es el trabajo.
2. Cuestión de disciplina. Aunque no lo parezca, divertirse requiere de una rutina y ésta a su vez, de disciplina; sonará extraño pero si son asiduos jugadores de cartas, de dominó o ajedrez, me darán la razón, pues cada uno de esos juegos requirió de un periodo de aprendizaje de las reglas de combinar intuición más conocimiento y de saber cuándo es prudente realizar ciertos movimientos, lo cual se logra con repeticiones y mucha atención en las variables que puedan presentarse para considerarse buenos; con mayor razón con una actividad física en la que hay que reaccionar con todo el cuerpo en fracciones de segundo y la creación y desarrollo de la memoria muscular es absolutamente indispensable, lo que implica esfuerzo, constancia y recuperación, si no se quiere romper el ritmo con lesiones innecesarias.
3. La sensación de ser solvente. No todo el mundo puede considerarse un fenómeno deportivo a la altura de atletas como el brasileño Giba, el francés N’Gapeth o las mexicanas Bibiana Candelas y Samantha Bricio, sin embargo, tener un desempeño estable dentro de la cancha, suele ser lo más buscado por quienes no estamos involucrados en el profesionalismo y al sólo tener encima nuestra propia presión (y la del equipo) el mejorar nuestras habilidades se hace por propia satisfacción. Lo anterior redunda en la adquisición de confianza en uno mismo, lo que a su vez, representa un mayor disfrute de las circunstancias del juego, esto es, que cada toque de balón garantiza que llegue al destino fijado, que se cubra el área que se nos asignó de la mejor manera y que ganar o perder sea sólo parte del juego.
4. Llenar el anecdotario. Parte muy importante de haber jugado es la memoria; nuestro cerebro no es un archivo en el que guardemos películas completas de todo lo que hayamos vivido, pero lo que sí se mantiene fiel, es la satisfacción de haber participado y revivir los episodios (o los datos que queden) con los que más a gusto nos sentimos, lo mejor del caso, es que no hay una línea temporal rígida con la que tengamos que repasarlos y cada vez que los recordamos, adquieren mayor peso en nuestro estado de ánimo. Hay de aquel que no tenga un balonazo, una lesión o un punto milagroso que contar, porque de ellos no será el reino de los cielos; por el contrario, estamos los que guardamos uniformes, pelotas y accesorios ¡y hasta las vendas!, pues cada objeto nos detona la felicidad de entonces. Salud.
Beto

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