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| Hay quien hace las tareas que nadie quiere. Foto: BAER |
1. La ilusión del uniforme. Los distintivos parecieran apuntar a la exclusividad, sin embargo, por cada diferencia que percibimos siempre aparece una igualdad, por ejemplo el interés por ganar, ya que es una condición indispensable para competir; lo siguiente es hacernos partícipes de un grupo y ser identificados por los demás como tales, por último, está el tener buen desempeño para que esa identificación sea posible, lo que nos lleva a tener prestigio. Los colores son sagrados, la pertenencia lo es todo y la representación del equipo nos hace sobresalir en el exterior, la razón es muy simple, no todos se animan a invertir tiempo en prepararse, averiguar sobre técnicas y arriesgar el físico cada semana dentro de la cancha, eso y los demás beneficios adicionales que tienen que ver con el ego, como son el desarrollo de las habilidades y la administración pública.
2. El espejismo del semi profesional. Ser o no ser, he ahí la cuestión, es una sentencia que no sirve hasta que nos damos cuenta de que el ser a medias a nada nos conduce, que no es lo mismo que el intentar varias cosas, por ejemplo, practicar varias disciplinas con el fin de encontrar la que mejor nos acomode, diversificar nuestras facultades o por simple diversión. Lo mismo aplica para otro tipo de actividades remunerativas y si son equivalentes, se intuye que se trata de la búsqueda de perfeccionamiento de técnicas, por ejemplo, entre pintura y escultura, pero si hay una combinación entre mecánico automotriz y albañilería se tratará seguramente de una necesidad muy grande de efectivo, lo que seguramente les sucede a los atletas que se dicen semiprofesionales por lo cual no tendrán el tiempo para desarrollarse plenamente.
3. Resultar el pagano. Así como para las representaciones de los equipos fuera de la cancha se suele abusar de los menos hábiles, así se abusa de los que no toleran las deudas para que paguen los arbitrajes y, a veces, los uniformes; los llamo abusos aunque esas tareas se asuman con el más raro de los gustos por parte de los que en ese momento se sienten más comprometidos con el equipo; su caso es extraño porque no suelen ser malos jugando, aunque no tan buenos como para llamar la atención y su trabajo hace que el de los demás luzca, quizá sea por eso que asumen responsabilidades que de inicio no les corresponderían, lo malo es que como dicen por ahí, hay favores que se convierten en obligaciones ante los ojos de los demás, porque hay que aprovecharse del «buena gente».
4. Todo por jugar. Seguramente conocerán a ese jugador que lo da todo tanto dentro de la cancha como fuera de ella, sin importarle su integridad al menos por un segundo, porque total, no está tomando riesgos fatales y todo suele recuperarse; suele llegar al extremo de ceder su camiseta para que otro, mejor que él, pueda ganar un partido decisivo, por el campeonato de la liga por ejemplo, sin que por ello muestre frustración o encono. También pudiera haberse hecho cargo de los pagos de los arbitrajes o hasta de una pieza de uniforme, sin que por ello haya tenido que presumir; lo cierto es que, si aún existen, son a los que menos se les reconoce el esfuerzo, pero de manera silenciosa, son los que mantienen la unión y la cohesión en los equipos en los que militan. Salud.
Beto

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