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| El chiste es mantener las ganas de jugar. Foto: BAER |
1. Las dudas del principio. En cuanto me trepé al camión rumbo a León aquel otoño de 1982, el primer pensamiento que me vino a la mente, fue el imaginar lo difícil que me resultaría acceder a la selección de voleibol de la universidad; acostumbrado como estaba a que me invitaran a los equipos (situación que se prolongó hasta casi cumplidos los treinta y cinco años), no tenía una idea sobre cómo sería el proceso, si la competencia era igual o más dura que en la Universidad de Guanajuato o si de plano, me quedaría fuera de toda posibilidad. Quizá, tendría que entrenar por mi cuenta como lo había hecho en la prepa, sólo esperaba que no tuviera que pasar cuatro años y medio en la banca y partiéndome el lomo en... otro detalle, no sabía cómo era la casa donde viviría.
2. La búsqueda del espacio. Seguí las instrucciones que la casera me había dado el día que (ilusionado) fui a comunicarle que sí me quedaría y ella me dijo que se cambiaría de casa y yo que había escogido la escuela porque me quedaría a sólo tres o cuatro cuadras de distancia, ahora debía tomar dos camiones para llegar; la odisea de mi primer viaje la dejará para otra ocasión pues hay otras primeras veces que ilustran lo que me imaginaba como una lucha encarnizada por tener un espacio, tanto en el salón como en la selección de voleibol. En esos días no tenía la menor idea (como dije) de cómo sería el proceso, pasaron dos o tres semanas para tener los primeros indicios y por fin, una mañana se publicaron los horarios y las disciplinas que se ofrecerían para la práctica deportiva, al más puro estilo capitalista de oferta y demanda.
3. El primer entrenamiento. Hubo un previo, informal, dirigido por un servidor y del cual mis prospectos de pupilos seguramente no quieren ni acordarse, puesto que se pasaron muy doloridas ese fin de semana; pero el que iba en serio no apareció hasta dos semanas después de iniciadas las clases mediante una lista de entrenamientos pegada en la pizarra de anuncios de la casita, donde se anotaron las instrucciones para inscribirse en la disciplina de nuestro interés. Volvió la expectativa que había surgido con mi primer viaje a León y mantuve la idea de que me costaría un trabajo mayor que el que había representado el pertenecer a la selección de la Prepa Oficial; la sorpresa fue que, al llegar el primer día de entrenamiento, fuimos justo el número de jugadores para formar la selección.
4. Lo demás es historia. No fuimos un equipo que cosechara trofeos, pero sí uno ganador puesto que logramos hacer que varias escuadras de la liga estudiantil vieran en ganarnos una meta, como sucedía con La Salle, el Tec de Monterrey, el Leonés y varias más, una perspectiva libre del resentimiento social (espero), pero sí como una carga afectiva que apuntaba hacia lo alegre de nuestro juego, que es lo que supongo, lo que los sacaba de sus casillas. Debido a ello y a los compañeros que tuve como Tito, Saúl, Pepe, Alejandro y Gerardo, es que mi interés por el juego se mantuvo por varios años después de haber egresado, a veces como jugador, otras como entrenador y ahora, casi siguiendo los pasos de don Fernando Marcos en el fútbol, como comentarista, sólo me falto ser árbitro, pero mejor no. Salud.
Beto

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