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| Toda transformación en la cancha es aplicable en la vida cotidiana. Foto: BAER |
1. Cuestión mental. La observación y estudio de los procesos mentales ha acaparado nuestra atención en las últimas décadas, hemos pasado etapas como la introspección, el animatismo, el determinismo cósmico o el decretar, movimientos que gozaron (y gozan) de una alta aceptación con algunos toques mágicos, pero que dentro de las canchas pareciera que tienen poco que hacer. Aunque visto desde la psicología (y a veces la programación neurolingüística) hay una metodología para que, con las conexiones sinápticas adecuadas, las facultades físicas y la concentración podrían potenciarse. Una buena parte de esto es cierta y comprobable así como eventual puesto que equipos como Pumas de la UNAM que utilizó la ayuda de un psicólogo, obtuvo un buen funcionamiento y títulos en años específicos.
2. Eventos dolorosos. La sensación, cualquiera que sea, es una extensión de la elaboración mental de lo percibido en nuestro entorno, es decir, la ganancia, la pérdida o la derrota se basan en expectativas antes que en eventos tangibles, lo que nos lleva a crearnos historias convincentes, pero poco probables sobre las razones de que sucedan; el dolor de la derrota principalmente, más la tendencia a victimizarnos, nos lleva a inventarnos pretextos para esconder los errores que hayamos cometido y, para eso bien sirven los árbitros. Además de ellos, también están la fatalidad y el destino cuando no el mismísimo Dios, el chiste es deshacernos de la responsabilidad de lo que hicimos mal o lo que dejamos de hacer que, generalmente, es la pérdida de la concentración en el juego.
3. ¿Áreas de oportunidad? No, errores. Para algunos jugadores o entrenadores es importante minimizar una derrota, quizá porque así mantienen la esperanza de un desquite en el futuro, pero nada de lo que hagan posteriormente, borrará la estadística negativa, sin embargo, no está claro cómo es que utilizar eufemismos o pretextos va a evitar un «periodo de luto» por la frustración de haber perdido; si en lugar de intentar evadirlo, tuviéramos un proceso sólido de aceptación y recuperación, la fortaleza mental se afianzaría notablemente. Parte de la aceptación estriba en entender que por mucho que le cambiemos el nombre, una derrota seguirá teniendo el mismo resultado y sabiendo exactamente qué es lo que enfrentamos, podremos verla como lo que es con honor, pues no hay vergüenza en perder contra alguien mejor.
4. El aprendizaje residual. Es notable cómo los detalles de los fallos son más visibles que los de los aciertos para quienes observan desde afuera, lo que bien visto, es una de las tareas de cualquier entrenador; éstos no los señalan con el afán de molestar a sus pupilos, por el contrario, los fallos los tomarán como pistas para corregir tanto el funcionamiento individual como el colectivo y que ello redunde en la mejora de las habilidades de los jugadores y del equipo. El mejor motivo para mejorar es la satisfacción de saber que se aprendió y la prueba de ello es que lo podemos mostrar a otros. La cancha se transforma en un laboratorio, un patio de maniobras, un universo alterno en el que encontraremos fórmulas variadas que acondicionarán nuestros cuerpos para saber enfrentar cualquier problema. Salud.
Beto

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