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| Hay que tener muchísimo talento para sobresalir. Foto: BAER |
1. A la distancia. Habrá quien diga «jugué lo que jugué y ya», pero pienso que a la mayoría de los que estuvimos en el rectángulo de dieciocho por nueve, se nos hizo muy poco el tiempo en que golpeamos el balón con singular alegría; tampoco creo que sean sueños de glorias pasadas, porque muchos de nosotros tenemos poco que presumir, es algo más profundo que haber ganado trofeos, tiene que ver con el encontrarnos, con sabernos parte de algo importante con personas que piensan muy semejante a nosotros. No me sé las historias que envuelven a la incursión de cada uno de los jugadores con los que tuve contacto, pero supongo que mucho tuvo que ver su familia para que optaran por dejar embarrado el físico en la duela o el cemento, que para jugar no importaba la superficie.
2. Compañeros y pupilos. Tanto ser jugador como entrenador, nos brindan oportunidades para crear lazos afectivos que no representan otro interés que el compartir una afición, la de encontrar una alternativa de crecimiento general que incida, como no queriendo, en otras formas de desarrollo; siendo entrenador aprendí a ser mejor jugador, quizá no en lo físico o técnico, pero sí en lo que respecta a valorar el esfuerzo de mis compañeros en la cancha, al igual que el de nuestros rivales. Por supuesto, no puedo decir que jugando aprendí a ser entrenador, para ello debí inscribirme en un curso especializado, lo que nunca hice; lo mío fue la imitación, tomé lo que mejor aprendí de quienes me entrenaron y eso me ayudó a encontrar mi propia manera, atesorando las mejores aptitudes.
3. La razón original. El origen se pierde entre la obligatoriedad de representar al salón en el torneo interno de la secundaria y el proponerme saber jugar después del ridículo hecho en dicho evento, pasando por que fue un buen pretexto para hacer a un lado mi timidez de hablarle a las niñas; la última razón se mantuvo intacta hasta ya muy avanzada mi edad, algún beneficio debía encontrarle a pasar las tardes machacando a mi cuerpo para mecanizar los movimientos. Ya fuera de las canchas, como espectador, sigo disfrutando mucho de los partidos sin importar el nivel o la categoría, con la idea fija de que el juego es el juego se presente como se presente; seguiré lamentando de que no haya una liga profesional fuerte, sin embargo, mantengo la ilusión porque respecto del voleibol no tengo otra cosa que hacer.
4. Los pasos seguidos. Viendo hacia el pasado, creo que las decisiones tomadas en las diferentes etapas que pasé, dan razón de lo que soy ahora respecto del deporte, puedo disfrutarlo de la manera más simple que hay, sin apasionamientos; siempre fui consciente de que, por mucho que me esforzara, nunca alcanzaría el nivel necesario para ser profesional o integrar una selección nacional por varias razones, no le dedicaría el tiempo suficiente, tampoco tenía los recursos para viajar a las sedes oficiales (en ese tiempo Monterrey) ya que la mayor parte del dinero se iba en pagar la colegiatura en la Ibero, lo último, ¿qué futuro tendría en un deporte que carece de proyección en este país. Las cosas han cambiado poco desde los ochenta, así que si tuviera la oportunidad de repetirlo todo, lo haría igual. Salud.
Beto

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