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| El ciclo deportivo es corto, hay que sacarle jugo. Foto: BAER |
1. Primero, la elección. Cuando empezamos a participar en un deporte organizado, la idea es integrar una selección por interés personal, porque nos viene de un familiar o porque queremos seguir los pasos de un amigo; puede tratarse de una representación escolar que sea parte de un escalafón, es decir, que sea después una representación de zona, municipal, estatal, regional y nacional o una laboral en la que las confrontaciones mayores se hagan con equipos reforzados. Para un deportista no es cosa menor el ser parte de una selección pues, además de la responsabilidad de crear vínculos eventuales con jugadores distintos al equipo de origen, está la satisfacción de haber sido destacado por encima de otros, ya sea por habilidad, fuerza o carácter o, si fuera posible, por las tres.
2. Una selección de voleibol. La memoria suele ser traicionera, principalmente cuando rebasamos la frontera de los cuarenta, pero puedo asegurar que es difícil recordar alguna selección de voleibol fuera de la mítica participación en los Juegos Olímpicos del ’68 o a jugadoras en específico como Bibiana Candelas, Samantha Bricio o Melanie Parra, fuera de eso, las participaciones internacionales se quedan es esporádicas menciones de descalificación o en apellidos como Urías, Guereca, Vela, Delgadillo... si no los ubican, no se sientan mal pues son víctimas del uso restringido de la información del cual ha sufrido este país y del convencimiento personal de que para entender, jugar y apreciar al voleibol, se requiere una atención especial, un IQ de normal a superior y paciencia, mucha paciencia.
3. El bendito llamado. No sé lo que se sienta ser convocado a una selección nacional, pero si una invitación a un equipo amateur hace que se nos hinche el pecho de orgullo, puedo imaginarme los saltos de gusto de aquellos llamados a representar a nuestro país en sus respectivas disciplinas; guardando las proporciones, siempre tuve la suerte de ser invitado a conformar equipos de las escuelas donde estudié o de las ligas con las que tuve contacto, algo debe haberles llamado la atención pues espectacular como jugador nunca fui. Lo curioso es que sucedió en un deporte al que ingresé a la fuerza y porque no tuve oportunidad de protestar, fui de los que sobramos en el salón en primero de secundaria, así que conformamos en equipo de voleibol los que menos sabíamos del juego.
4. Escuchar el himno. Es un evento que, por obvias razones, no pasaré en un podio pero a quienes lo hayan vivido en cualquier nivel de competencia, debe habérseles grabado en lo más profundo de su memoria; y más allá de los trofeos y las medallas, la satisfacción de haber pertenecido a un grupo de élite (dentro de los estándares nacionales) que pudo jugar en otros lares, que esos aires les dieron otras perspectivas. El talento de entonces debió aprovecharse y de seguro algunos explotaron su experiencia para enseñar a nuevos valores, sin embargo, los logros (espectaculares, sí) se han dado a cuentagotas, situación que hemos normalizado suponiendo que es natural porque nuestra raza, nuestra alimentación, ¡la conquista!, son las causantes de que no podamos progresar y ni siquiera tenemos la tecnología. Quizás estamos condenados. Salud.
Beto

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