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| El individualismo no cabe en ningún deporte de conjunto. Foto: BAER |
1. Podemos hacerlo. Hay dentro de la existencia de todo ser vivo, momentos en los que solventar problemas depende del propio esfuerzo, en cambio, hay otros en los que el trabajo en equipo es indispensable; pareciera que en el atletismo sólo basta con correr más rápido, saltar más alto o ser más fuerte, pero estaríamos dejando de lado al equipo detrás de cada logro en la pista o en el campo. Para los deportes en conjunto, la afirmación parece obvia; es posible que hayamos escuchado la expresión «se echó el equipo al hombro», describiendo el empeño de un jugador por sacar un buen resultado y puede ser que con una jugada inclinara la balanza en favor de su causa, sin embargo, esos segundos en los que la realizó no se hubieran dado sin todo el trabajo previo de los demás integrantes de la escuadra.
2. Concepción de equipo. En este mundo lleno de contradicciones hay algo que dentro del sistema económico prevaleciente resulta totalmente opuesto al espíritu deportivo que es la propiedad de un equipo; se supone que un equipo es una asociación voluntaria donde la participación es igualitaria, lo que implica que tanto las obligaciones como los beneficios son los mismos para todos, la propiedad por parte de un solo individuo rompe con eso; en otras palabras, un equipo es más como una cooperativa en la que el riesgo es compartido, así que, para que realmente funcione, todos los integrantes deben trabajar al parejo, mientras que al haber un dueño capitalista, sólo exigirá resultados con base en su inversión, nunca en su esfuerzo y sin haber pisado una cancha, ¿cómo puede saber cuáles son los límites?
3. Los cracks. Algunas veces los equipos requieren de que surja un jugador que se los «eche al hombro», uno capaz de atreverse a hacer alguna locura que parezca genial y que con una o dos jugadas suyas, cambie a su favor la balanza en el partido, pero un equipo que depende totalmente de ese jugador está destinado a la derrota; las variantes no pueden ser muchas si un solo individuo es el que las ejecuta, por regla general, un grupo termina ganándole a una persona. Las jugadas inverosímiles son eventualidades de una única vez en cada partido, unas pueden ser muy espectaculares, otras no tanto, pero no siempre funcionarán de la misma manera. Ser el mejor jugador del equipo no significa que todas las participaciones deban ser suyas ni que todo deba girar en torno a sus necesidades, por el contrario, debe procurar la mejora de todos.
4. Aquellos silenciosos. En los deportes encontramos equivalencias en las labores que realizan ciertos jugadores en las canchas, por ejemplo, si hablamos de fútbol, la tarea hecha por Cristóbal Ortega en el varonil o Eva González en el femenil, es equiparable a lo que lleva a cabo el voleador en voleibol; callados, pocas veces espectaculares, con una visión del terreno amplia y distribución del juego inteligente que los hace importantes, pero no el foco de atención del público. Habrá destellos, oportunidades especiales para que brillen, pero será la excepción. El voleador no está destinado a los grandes remates ni a los contundentes bloqueos, aunque puede hacerlos, su destino se encuentra en hacer lucir a sus compañeros otorgándoles la oportunidad con un buen pase y a pesar de que sólo sea la palma de aquel, el contacto será de equipo. Salud.
Beto

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