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| Lo que debería ser diversión se vuelve sufrimiento. Foto: BAER |
1. Ponernos grilletes. Nuestra idea de trabajo trasciende las canchas; conceptos como productividad, eficacia, objetivos o metas se han instalado en el deporte profesional como si se tratara de convertir a los equipos y atletas de alto rendimiento, en empresas del sector secundario. La transformación de insumos «presta» sus términos para que el rendimiento en las canchas tenga un carácter industrial, donde las líneas de producción no se vean interrumpidas y, si llegara a suceder, que haya de inmediato una «refacción» a la mano. El atleta, en esas condiciones, representa un activo que en términos de inversión, significa también un riesgo para el que podríamos llamar socio capitalista, por lo cual, quien se integre a las filas de los que cobran por jugar, deben asumir su condición de empleado.
2. Es cosa seria. Pocas veces vemos al profesional de un deporte de masas sonreír en una entrevista después de un partido, a menos que se trate de uno de campeonato y haya ganado; la presión a la que son sometidos no les permite expresar emociones que pudieran exponer el estado en el que se encuentra su equipo y con ello sus rivales pudieran sacar ventaja. Ser profesional debe tomarse en serio, lo que excluye una serie de actividades que los de a pie realizamos sin preocupación alguna, como el desvelarnos, tomar alcohol, comer a veces en exceso, tomar tiempos de descanso no planeados y otras tantas que, desde la perspectiva de los «normales», sería poco menos que esclavizante. Hasta habrá los radicales que piensen que para qué tanto cuidado, si de todas maneras vamos a morir.
3. A entretenerse al circo. Con el jugador profesional, el fanático va a sufrir, que se distraiga el aficionado que para eso lo es; ser fanático es un compromiso mayor, casi un pacto de sangre sin que haya tenido que fluir la hemoglobina por ningún tipo de contacto. El aficionado encontrará de casualidad la información que ayude a reafirmar su gusto por el deporte, un equipo o un atleta, el fanático correrá tras de la nota, el entrenamiento o el jugador para obtener el preciado trofeo y sufre, se angustia si no lo logra pues quién sabe si volverá a tener otra oportunidad, aunque cada día esté al pendiente de todo lo que ocurra en su entorno. Porque, ¿qué somos para el fanatismo, hombres o payasos? Para la afición no vale la esperanza, ésa se muere con el fanático que se envuelve en una bandera que ha hecho suya con el sudor de su ídolo.
4. Negocio, ¿para quién? Aquello por lo que de cobra debe representar una ganancia para los involucrados en la transacción, los que reciben el servicio ganan la satisfacción de una necesidad y los que ofertan el producto, el efectivo; hacia el interior del negocio, la repartición de los dineros debe ser legal y proporcional al riesgo financiero de cada participante y la lógica indica que quien más invierte, más gana, teniendo bien claros los rubros de participación, en un equipo deportivo serían la parte física-operativa, la dirección técnica, la administrativa y el o los dueños. Cada rubro tendrá su propia escala y entre ellos se establecerán sus diferencias, por lo que la destinación de sueldos entre jugadores se establecerá por desempeño y entre administrativos, por productividad, pero no habrá relación entre entrenadores y dueños o entre éstos y los jugadores y administrativos. Salud.
Beto

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