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| Ser el foco de atención es también una responsabilidad. Foto: BAER |
1. Ser dirigente. Con la explosión que hemos tenido con Del Toro en el ciclismo y cómo se ha mantenido Paola Longoria en el ráquetbol, el interés por convertirnos en jugadores profesionales debe haber cobrado nuevos bríos, no nada más por los supuestos logros en la disciplina de nuestro interés, sino por la fama y la fortuna que parecen traer consigo; con lo apologético que resulta el vivir en una sociedad que quiere morir dentro de muchos años, pero joven, las loas a esa condición aumentan exponencialmente en diferentes formatos, principalmente en la música y la publicidad y han convertido a toda actividad industrial y comercial en un nicho adolescente por la consigna de que «hay que dar oportunidad a los jóvenes», exigiéndoles por supuesto, la experiencia que tienen lo viejos.
2. Mundo de operarios. Todos podemos tener fama, pero sólo unos cuantos cimentada en algo digno y honesto; porque un escándalo cualquiera lo hace, pero los focos lo iluminarán por poco tiempo. En el deporte, como en todos los ámbitos, sólo hay una manera para que la fama sea imperecedera que es trabajando y dando resultados, lo que nos convierte a quienes participamos de alguna organización, en operarios del sistema. No nos sintamos mal, el trabajo realizado por todos contribuye a que destaquen aquellos con mayores facultades o recursos para mejorar su juego, es decir, si no fuera por la mayoría operaria, los mejores jugadores no tendrían referentes para saber si elevan su nivel o no, una labor callada pero que podría enorgullecernos al saber que una parte nuestra va en cada seleccionado.
3. ¿Qué utilidad tiene? Un foco de atención tiene el poder de arraigar sentimientos en objetos, principalmente en las personas que suelen poner atención en los demás; las fotografías, los botones impresos, portadas de libros o cualquier cosa que nos haga evocar un momento o a un ser querido, cambiará la intensidad del primero momento. Si juntamos un foco de atención (algún famosos) con un objeto o una situación evocadora, tendríamos la utilidad exacta (de la que muchas veces se han aprovechado la publicidad y la propaganda) para dejar en nuestra memoria algo entrañable que conservar. La fama posee la magia de hacer de lo que toca, algo que los demás valoran y guarden para sí lo más significativo que fabriquen para sí mismos. Por desgracia, la fama viaja por la fácil y sólo busca la ganancia por encima de todo.
4. La fama y la edad. Alguien dijo alguna vez que la juventud era una enfermedad que se curaba con los años y por lo que vemos en nuestros días, parece que nos gusta estar enfermos; aplaudimos los desfiguros de gente que, a todas luces, no sabe manejar su fama debido a su juventud, detectable fácilmente este detalle porque, cuando envejecen (si se lo permiten) comienzan a dar consejos, reaparecen después de una ausencia aceptando errores de los que nadie les pidió explicación o afirman haber encontrado a Cristo, tres escenarios totalmente válidos, pero de los cuales pudieron ahorrarse el trámite. Es lógico que, siendo jóvenes, no tengamos una dimensión exacta de las consecuencias de nuestros actos, lo que no cuadra es que los adultos que rodean a esos jóvenes famosos, no tengan la capacidad de hacer que las vean. Salud.

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